Los amigos también tienen que morir Eliseo Apablaza No sólo Cristo murió: Los amigos también tienen que morir Mensajes sobre el camino de la cruz y la fructificación Eliseo Apablaza F. "Por causa de ti somos muertos todo el tiempo; somos contados como ovejas de matadero" (Rom. 8:36) "Porque ninguno de nosotros vive para sí, y ninguno muere para sí" (Rom. 14:7) "Os aseguro, hermanos, ... que cada día muero" (1ª Cor. 15:31) "Lo que tú siembras no se vivifica si no muere antes" (1ª Cor. 15:36) "Llevando en el cuerpo siempre por todas partes la muerte de Jesús, para que también la vida de Jesús se manifieste en nuestros cuerpos. Porque nosotros que vivimos, siempre estamos entregados a muerte por causa de Jesús, para que también la vida de Jesús se manifieste en nuestra carne mortal. De manera que la muerte actúa en nosotros, y en vosotros la vida" (2ª Cor. 4:10-12) "Porque el amor de Cristo nos constriñe, pensando esto: que si uno murió por todos, luego todos murieron; y por todos murió, para que los que viven, ya no vivan para sí, sino para aquel que murió y resucitó por ellos" (2ª Cor. 5:14-15) "Porque habéis muerto, y vuestra vida está escondida con Cristo en Dios" (Col. 3:3). Presentación ¿Cuál es el querer de Dios para este tiempo? ¿Cuánto espera Dios de la presente generación de creyentes (que puede ser la última)? ¿Cómo consumará él su propósito eterno? ¿Con qué hombres? Más bien, ¿con qué clase de hombres? Esta serie de mensajes basados en el Evangelio de Juan, nos permite reseñar algunas etapas por las que pasa un cristiano que es atraído para seguir a Cristo. Desde aquel primer encuentro cuando el creyente le pregunta al Señor: "¿Dónde moras?" (cap.1), hasta el debilitamiento definitivo de su ego (cap. 21), el Señor va aplicando golpes sucesivos (y maestros) a las fortalezas de su alma, a fin de producir en él –y a través de él– una obra verdaderamente espiritual. Es el itinerario de la vida hacia la muerte; pero es también el paso de la muerte hacia una vida superior. Es la comprobación de que más allá de la cruz hay una mañana gloriosa de resurrección. Más allá del grano de trigo que cae en tierra para morir, hay muchas espigas repletas de granos nuevos, plenos de la vida de Dios. El Evangelio de Juan no sólo se escribió para que creyésemos que Jesús es el Cristo, el Hijo del Dios viviente (20:31). Siendo ese el principal testimonio dado por Juan, las hermosas y profundas páginas de este Evangelio admiten además otras lecturas. Cada uno de sus episodios, cada uno de los dichos del Señor, cada uno de los encuentros y desencuentros de los personajes que palpitan en ellas, están perfectamente ordenados por la sabia mano que las inspiró, para mostrarnos la gloriosa senda hacia la muerte y la fructificación. ¿Quién de los hijos de Dios, que ha visto su amor y ha sido atraído por su bendito Hijo no desea servirle y llevar mucho fruto? Todos desean hacerlo, sin duda; pero no todos saben que ese buen propósito pasa por una dolorosa experiencia: la muerte. En efecto, tal como Cristo murió, los que le aman –sus amigos– también tienen que morir. Este no es un libro para creyentes nuevos –no, al menos, para la generalidad–. Es más bien un libro que pretende alcanzar a aquellos que no se conforman con una fe cristiana acomodaticia y ritualista; y ojalá –mejor aun– a aquellos que han procurado caminar cerca del Señor y servirle con diligencia pero que han fracasado en sus intentos. Aquellos que, aun habiendo hecho lo mejor que han podido, saben en su fuero íntimo que no han llenado la medida. Tal vez sean esos creyentes los que encuentren más respuestas aquí. Tal vez sean esos creyentes los que Dios está buscando hoy para encomendarles la tarea –y la honra– de colaborar con su propósito eterno en lo que respecta a esta generación. ¡Que el Señor nos abra los ojos y nos permita ver! ¡Que despierte nuestro corazón para seguirle por donde él quiera! Amén. 1 ¿Dónde moras? (Entrando en la intimidad con Cristo) Juan 1:29-42 Juan el Bautista ve a Jesús y comienza a dar testimonio de él, diciendo: – He aquí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo. Sin embargo, nada especial parece ocurrir. Al día siguiente, Juan ve otra vez a Jesús, y vuelve a decir: – He aquí el Cordero de Dios. Esta vez le oyen dos de sus propios discípulos, los cuales siguen a Jesús. Juan se los queda mirando, sin hacer nada por retenerles. Juan sabe que tiene que perder para que Jesús gane. O, como dice el evangelio, tiene que menguar, para que Cristo crezca (Juan 3:30). Su misión como precursor es predicar a Cristo, procurar que todos le vean y le sigan. Entretanto, Jesús se da cuenta de que le vienen siguiendo. Entonces se vuelve, y les pregunta: – ¿Qué buscáis? Esta es una pregunta muy interesante. Y directa. Sí, ¿por qué le seguían? ¿Qué buscáis? Al menos en dos ocasiones, Jesús confrontó a las gentes con las verdaderas motivaciones que tenían al seguirle. En ambas, él fue directo y hasta severo. Como si no le interesara que le siguieran. En la primera, el Señor les plantea las altas demandas para el discípulo: – Si alguno viene a mí, y no aborrece a su padre, y madre, y mujer, e hijos, y hermanos, y hermanas, y aun también su propia vida, no puede ser mi discípulo ... Cualquiera de vosotros que no renuncia a todo lo que posee, no puede ser mi discípulo. (Lucas 14:25-26,33). Esto significa, nada menos, que aborrecer a todos, y renunciar a todo. No era ésta una palabra popular, ni pretendía granjearse el favor de la gente. En la segunda ocasión, el Señor les representa la mezquindad de corazón con que le seguían. Luego de multiplicar el Señor los panes y los peces, ellos desean hacerle rey; pero como se les escabulle, le buscan y le siguen, incluso hasta más allá del mar. Al encontrarle, le preguntan: – Rabí, ¿cuándo llegaste acá? El Señor, que conocía perfectamente lo que buscaban, les dice: – De cierto, de cierto os digo que me buscáis, no porque habéis visto las señales, sino porque comisteis el pan y os saciasteis. (Juan 6:25-26). Estas motivaciones, así como las preguntas de la gente, y las respuestas del Señor, son muy recurrentes, y se siguen dando hasta el día de hoy. Muchos se acercan al Señor sólo para ser saciados, o sanados, o defendidos (como si él fuera un talismán). Sólo para eso. Pero el Señor, que no puede ser engañado, que sabe lo que hay en el hombre (Juan 2:25), nos confronta con este asunto, directamente. ¿Dónde moras? Los discípulos de Juan tuvieron, sin embargo, una motivación muy distinta. Ellos le dijeron: – Rabí, ¿dónde moras? El Señor les dijo: – Venid y ved ... El Señor no rechazó a los "intrusos" (porque la pregunta de ellos era indiscreta), sino que les invita a la casa donde alojaba. Él no los había llamado, pero tampoco les rechaza. Él solía decir: – Al que a mí viene, no le echo fuera (Juan 6:37). Sin embargo, en uno de sus discursos, el Señor también les diría: – Vosotros no me elegisteis a mí, sino que yo os elegí a vosotros. (Juan 15:16). ¿Cómo se cumplió esto con esos dos discípulos? ¿Los escogió él, o ellos se ofrecieron? No es que se hayan ofrecido. A ellos también los llamó el Señor, lo que sucede es que la forma del llamamiento fue distinta. Él inquietó sus corazones y los atrajo hacia sí, de modo que le siguieron. ¿Quién podría seguirle si él no llama? Ellos fueron, y vieron donde moraba, y se quedaron con él aquel día. En el acto de seguirle, ellos manifestaron interés por su persona. A diferencia de las multitudes, ellos no querían obtener algo de Jesús, sino que querían conocerle. Les atraía Jesús mismo. ¿Qué vieron estos hombres en él esa noche? Seguramente en esa casa no había nada que les pudiera llamar especialmente la atención. Al menos, nada de lo que a los hombres les llama la atención. Sin embargo, ellos debieron de haber visto algo en Jesús, porque a la mañana siguiente, uno de ellos, Andrés, encontró a Simón, su hermano, y le dijo: – Hemos hallado al Mesías. Pedro debió de sorprenderse muchísimo al oír esta frase. Porque decirle eso a un judío, por ignorante que fuera, era darle la noticia más espectacular jamás oída. Para escándalo o para gozo, era espectacular. Era una noticia esperada por siglos. Fue todo un hallazgo el de Andrés. ¿Qué había visto él esa noche, qué cosas oyó de labios de Jesús, qué extraño fulgor vio en su mirada, qué acento percibió en sus palabras? ¿Qué le quemó allá en lo profundo de su alma? ¿Qué cosa tan grande fue lo que él vio y oyó –podemos sospecharlo– para que saliera hablando así? Andrés no esperó a que su hermano se repusiera de su sorpresa, sino que en seguida le trajo a Jesús. Seguramente Pedro le miró y remiró. Le escuchó atentamente, colando cada palabra, con esa actitud cazurra de la gente de pueblo, que desconfía de todos y de todo. Pero Pedro también se quedó con él. Para siempre. Es un honor ser invitado El Señor Jesús vino a salvar a todos los hombres, pero también vino a hacer discípulos. Él no se complace tanto en los que le buscan para ser sanados (aunque igualmente los atiende, porque es misericordioso y compasivo), sino en los que vienen preguntándole dónde mora. Eso deseaba en aquel tiempo, y eso mismo desea hoy. Él quiere que nosotros vengamos a ver dónde él mora, y que nos quedemos con él para siempre. Luego, él también desea que cuando hagamos discípulos los confrontemos con la misma pregunta que él hizo a aquellos discípulos de Juan. Las multitudes de hoy siguen a Jesús por las mismas motivaciones que las de antaño. Tal vez cambien los matices y el ropaje de ellas, pero en el fondo siguen siendo las mismas. También los discípulos de Jesús le siguen por la misma motivación de aquellos dos discípulos, al margen de las multitudes. Ellos conforman un grupo íntimo que se interesa en conocerle a él, en contemplarle, y seguirle de cerca. No podemos contentarnos meramente con formar parte de la 'cristiandad', tan interesada y veleidosa. Ella lo nombra porque él forma parte del 'totum' social, como un ente aglutinador y mero sustrato de sus tradiciones. Ella le celebra, es cierto, pero también celebraría a cualquiera otro que le reemplazase, así como los hindúes celebran a Buda y los musulmanes a Mahoma. Por eso, hemos de apartarnos de esa marea para venir donde él mora, y quedarnos con él. Algunos hemos venido como estos dos discípulos, no sabiendo todavía quién era de verdad; le hemos hablado (a veces con impertinencia, otras con temor), y él no nos ha rechazado. Antes bien, nos ha atraído, descubriéndonos su corazón, de modo que ha sido imposible no amarle. Tal vez él te conceda a ti también el privilegio de seguirle. Es posible que él te esté haciendo oír su voz. Si es así, considérate un bienaventurado, y síguele sin pensarlo más. No sea que Su voz pase de ti, y dejes de oírla. Seguirle no depende de que uno se ofrezca, sino de que él llame. Y su llamado es inconfundible. Puede ser una voz casi audible, o puede ser una voz sin palabras, una inquietud, un deseo. Sea como fuere, si lo sientes, sabrás que es él. Entonces, tienes que seguirle hasta la casa donde mora, porque es un honor que él te concede. Jesús es el Señor, y nosotros no le escogemos a él, sino que él escoge a quienes van a su morada. Discípulos, no meros seguidores Ser "discípulo" de Jesús es más que ser "uno que le sigue". En cierta oportunidad, Pedro le dijo al Señor: – Nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido. El Señor respondió: – De cierto os digo que no hay nadie que haya dejado casa, o padres, o hermanos, o mujer, o hijos, por el reino de Dios, que no haya de recibir mucho más en este tiempo, y en el siglo venidero la vida eterna. (Lucas 18:29-30). Pedro era inconstante, arrogante y ambicioso (además, negó al Señor), pero lo dejó todo por Jesús. Sí, eso hizo Pedro. Así que, antes de juzgarlo por todo lo reprobable que hizo, preguntémonos cuánto hemos dejado nosotros por el Señor. En una ocasión en que todos se volvían atrás, el Señor dijo a sus íntimos: – ¿Queréis acaso iros también vosotros? Entonces Pedro le respondió: – Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna. Y nosotros hemos creído y conocemos que tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente. (Juan 6:68-69). Pon tu nombre De los dos discípulos de Juan que aquel día siguieron a Jesús, conocemos el nombre de sólo uno de ellos: Andrés. ¿Quién era el otro? No lo sabemos. Hay allí un discípulo innominado; hay allí un vacío que tal vez esté esperando por ti. Tal vez haya quedado así para que pongas en él tu nombre. 2 ¿Qué tienes conmigo, mujer? (La tentación de la popularidad) Juan 2:1-4 Esta escena ocurre en el comienzo del ministerio de Jesús, en Caná de Galilea. Son las bodas de Caná. María, su madre, se acerca a Jesús, y le dice: – No tienen vino. Esta es una simple frase, pero dice mucho más de lo que las palabras dicen. Sabiendo Jesús de qué se trataba, le responde, tajante: –¿Qué tienes conmigo, mujer? Aún no ha venido mi hora. María sabe quién es su hijo, y qué cosas puede hacer su hijo. Es más, ella sabe qué cosas está destinado a hacer su hijo. Por eso le expone esa necesidad. Ella piensa que si Jesús está allí no tiene por qué haber necesidad de nada. No tiene por qué haber un novio sufriendo la falta de vino en su boda. Pero el Señor le dice a María, su propia madre: – ¿Qué tienes conmigo, mujer? Mucho se ha dicho acerca de estas palabras, muchos ‘por qué’ y ‘para qué’. Pero ¿qué significan en realidad? No pretendemos pontificar, pero hay aquí, en estas palabras, algo muy claro. Si el Señor hace allí un milagro, causará un tremendo impacto, correrá la voz, y la gente vendrá. Bueno, él sabe qué clase de revolución van a causar sus palabras y sus milagros más adelante. Sabe de qué modo los sacerdotes, por envidia, se le van a oponer. Y sabe cómo, por esa envidia, le van a llevar a la muerte. Pero ¡ay!, ella no sabe. Todavía no es el tiempo. Sin embargo, María quiere empujarle hacia la popularidad, hacia el embelesamiento de las gentes. Hacia la muerte. Pero aún no es el tiempo. Escapando de las turbas No sólo en esta ocasión Jesús intenta evitar el reconocimiento de la gente. Recordemos otros casos. Después de sanar al leproso, le dice: – Mira, no lo digas a nadie; sino, ve, muéstrate al sacerdote. (Mateo 8:4). Después de sanar a los dos ciegos, el Señor les encarga rigurosamente: – Que nadie lo sepa (Mateo 9:30). Cuando Pedro confiesa a Jesús como el Cristo, el Señor le prohíbe divulgarlo (Mateo 16:20); lo mismo ocurrió luego de hacer algunos milagros (Marcos 5:43; 7:36). Incluso a los demonios les prohíbe que lo identifiquen (Marcos 3:11-12). Jesús rehuía el reconocimiento, porque eso le acarrearía la muerte. "Después de estas cosas –dice Juan 7:1– Jesús no quería andar en Judea, porque los judíos procuraban matarle." Si las gentes le ensalzaban, y le reconocían como el Cristo, los sacerdotes se espantarían (como se espantaron) y le crucificarían. (Ver, además, Marcos 9:30-31). Por supuesto, no siempre él podía esconderse, ni rehuir a la gente. Sus milagros eran demasiado grandes como para pasar inadvertidos. Además, su meta era salvar, sanar y libertar, no esconderse; ni menos escapar de la muerte. Si podía hacer todo aquello en secreto –si de él dependía– lo hacía en secreto. Pero no siempre se podía. Normalmente, la gente salía dando voces y proclamando a todos lo que Jesús les había hecho. Jesús era popular a pesar suyo. Nosotros, en cambio, buscamos serlo, a costa de todo, no importa cómo. A nosotros, la popularidad seguramente no nos acarreará la muerte. No, al menos, en el sentido que le significó a Jesús (aunque sí puede traerla en otro sentido). Es posible que la popularidad no nos encuentre bien preparados. (En verdad, es difícil que nos encuentre bien preparados). Si ella crece rápidamente, y nuestra base de sustentación es demasiado débil, nos vendremos al suelo. La popularidad segura (y merecida) requiere de un respaldo de vida, de poseer un cierto carácter más que de poseer ciertas habilidades o dones. Para ser popular y no caer estrepitosamente después, se requiere más de sabiduría que de inteligencia. Para ser popular y no venirse abajo se requiere tener mucho de Cristo. Si nos afanamos por alcanzarla, tal vez cedamos en lo que no debemos, y nos afirmemos en aquello que desagrada a Dios Entonces, lo habremos perdido todo. Así que, cada vez que la popularidad venga a tentarnos, digámosle con desenfado: – ¿Qué tienes conmigo, mujer? Y añadámosle: – Aun no ha venido mi hora. No es hora de ser conocidos, sino de morir Este episodio con María sucedió en el comienzo del ministerio de Jesús, en Caná de Galilea. Pero hay otro hecho de similar significado que ocurrió bastante después, casi al final de su carrera. En efecto, poco antes de ir a la cruz, vinieron unos griegos buscándole. Éstos hallaron a Felipe, y le dijeron: – Señor, quisiéramos ver a Jesús. Felipe se lo dijo a Andrés, y ambos fueron a decirle al Señor que unos griegos querían conocerle. Entonces él les dio la respuesta más sorprendente que pudieran haberse imaginado: – Ha llegado la hora para que el Hijo del Hombre sea glorificado. De cierto, de cierto os digo, que si el grano de trigo no cae en la tierra y muere, queda solo; pero si muere, lleva mucho fruto. (Juan 12:23-24). En otras palabras, les dijo: “No es hora de ser conocido, sino de morir”. ¿Qué importancia tiene el ser conocido para uno que tiene la cruz encima? ¿Qué importa el halago de vivir, para uno que está a las puertas de la muerte? Lo único que importaba en ese momento era que tenía que morir, y morir bien. Luego agrega, para que no quedara ninguna duda: – El que ama su vida, la perderá; y el que aborrece su vida en este mundo, para vida eterna la guardará. Así que, tanto en el comienzo de su ministerio, como al final de él, su actitud no varió. Él vivió siempre a espaldas de la opinión de la gente, como huyendo del aplauso. Jesús vivió para morir Después de la transfiguración en el monte, el Señor Jesús dijo a los discípulos: – No digáis a nadie la visión, hasta que el Hijo del Hombre resucite de los muertos. (Mateo 17:9). Antes de la cruz, no había lugar para el reconocimiento, sino para hacer la obra que el Padre le había dado. Antes de la cruz, él miraba hacia la cruz, y vivía en el principio de la cruz. Después de la resurrección habría lugar para lo demás. Antes de la cruz, hacía callar a quienes decían que él era el Cristo; después de la resurrección, en cambio, él mismo les habría de demostrar a sus discípulos que lo era. (Lucas 24:26-27). La popularidad, hoy Hoy la popularidad se busca con afán y hasta con cinismo. Esto ocurre en el mundo –lo cual no debe extrañarnos– y también ocurre en los ambientes cristianos – lo cual sí debiera extrañarnos. Muchos cristianos buscan, al igual que el mundo, promocionarse, darse a conocer, y para ello crean organismos y estrategias de 'marketing' – igual que el mundo. Muchos cristianos hoy son como esas estatuas pequeñas levantadas sobre pedestales altos. Cuanto más alto el pedestal, más esmirriada es su figura. O como esas pinturas que de lejos lucen bien, pero de cerca no lucen tanto. De lejos, ellos se ven rodeados de aureolas, por el efecto de las luces y de toda la parafernalia circense. De cerca, se ven sólo como hombres; demasiado humanos. Y entonces, decepcionan, y causan tropiezos. Hay cristianos que usan sus dones para alcanzar la fama, no para edificar a la iglesia. Hay cristianos que utilizan a otros para alcanzar la cima, no para bendecir a la iglesia. Hay cristianos que cantan para hacerse un nombre, no para compartir a Cristo. Hay cristianos que escriben libros sólo para satisfacer demandas editoriales, no para hacer la obra de Dios. Ser conocido hoy, en esta era de las comunicaciones, es relativamente fácil. Ser conocido para el éxito y ser conocido para el fracaso. Ser conocido en lo que es bueno y ser conocido en lo que es malo. Pero ser uno que muere cuando hay quienes quieren conocerle, es bastante más difícil. Así que, seamos resueltos para decir, sin ambages, sea a la señora popularidad, a la señora vanidad, o a nuestra propia madre: – ¿Qué tienes conmigo, mujer? Aún no ha venido mi hora. Y bien podemos agregar: “Sólo seré conocido después de mi muerte, y a causa de ella”. 3 Limpiando el templo (La santificación del cuerpo) Juan 2:13-22 La escena de la purificación del templo es muy conocida. Estaba cerca la fiesta de la pascua –la principal entre los judíos–, y Jesús subió a Jerusalén. En el templo halló a los mercaderes vendiendo, a los cambistas transando, y entonces Jesús, tomando un azote de cuerdas, los echó a todos con vehemencia. El templo santo había sido convertido en casa de mercado, y Jesús –el Señor de la Casa– no lo pudo soportar. La alegoría del templo El templo santo tenía tres partes: el atrio, el lugar Santo y el lugar Santísimo. El atrio era el patio exterior que todos podían ver y visitar. Allí se ofrecía una adoración externa que consistía en animales que se traían al altar. Luego estaba el lugar santo, donde sólo los sacerdotes podían entrar. Ellos estaban cerca de Dios, pero por estar afuera del velo, todavía no estaban en la presencia misma de Dios. La parte de más adentro era el lugar Santísimo, donde nadie podía entrar excepto el sumo sacerdote, una vez al año. Allí la única luz que se permitía era la de Dios mismo. Las Escrituras dicen que nosotros somos seres tripartitos, es decir, que tenemos cuerpo, alma y espíritu. (1ª Tes.5:16). Esta triple conformación nos permite asociar nuestro ser con la estructura del templo santo. Nuestro cuerpo con el atrio; el alma con el lugar Santo, y el espíritu con el lugar Santísimo. Al purificar el templo, el Señor Jesús se ocupó específicamente del atrio exterior, porque allí, en la entrada de él, se habían instalado los mercaderes y cambistas. En efecto, el problema no estaba en el lugar Santo ni en el lugar Santísimo, sino en el atrio exterior, porque allí se ofrecían los animales que los mercaderes vendían. De las tres partes que tenía el templo, el atrio exterior era la más expuesta. Así que, el templo en este pasaje nos habla del cuerpo. El Señor mismo hizo la analogía del templo con su cuerpo (Juan 2:21). De manera que la purificación del templo por el Señor Jesús nos habla de la santificación del cuerpo. La santificación del cuerpo es el primer paso en la santificación del creyente. Por eso Pablo habría de decir después a los hermanos de Roma: “Os ruego por las misericordias de Dios, que presentéis vuestros cuerpos en sacrificio vivo, santo, agradable a Dios, que es vuestro culto racional”. (Romanos 12:1). En esa epístola Pablo diserta extensamente sobre los principios básicos de la vida cristiana (caps. 3 al 8); después de lo cual concluye en un llamado a la consagración, que comienza con el cuerpo. El templo del cuerpo Así como el atrio exterior era la parte más expuesta, porque por allí trajinaban centenares de personas diariamente, así también ocurre con el cuerpo, porque es la parte que nos comunica con el mundo exterior. Los diversos estímulos que el mundo envía sobre nosotros entran a nuestra alma a través del cuerpo. El cuerpo es un ente físico, provisto de sensaciones, apetitos y deseos. Los terminales nerviosos que están diseminados a través de toda su extensión son verdaderos radares que captan todo lo que nos circunda. Los sentidos físicos (vista, oído, tacto, sabor, olfato) son verdaderas 'parabólicas' que lo captan todo. Son como tentáculos que siempre van en busca de sensaciones gratificantes. Estos sentidos nos inducen siempre a buscar el placer y a evitar el dolor. La actitud del Señor con los mercaderes y cambistas nos habla claramente de cuál debe ser nuestra actitud para con los apetitos del cuerpo. Pocas veces el Señor fue tan severo como esta vez. Él mismo hizo un azote de cuerdas, y echó a los que vendían y cambiaban. Este es también el camino que hemos de tomar con nuestro atrio exterior, para que no contamine ni entorpezca el funcionamiento de las partes más íntimas de nuestro ser. Amo, mayordomo y criado Un hermano ha propuesto una alegoría muy útil con el espíritu, el alma y el cuerpo, que nos ayuda a visualizar la función que debe desempeñar cada uno de ellos en la vida del cristiano. Él ha dicho que nuestro espíritu ha de ser como un amo, nuestra alma como un mayordomo y nuestro cuerpo como un criado. El amo encarga asuntos al mayordomo, quien a su vez ordena al criado para que los lleve a cabo. El amo da órdenes al mayordomo en privado, y éste las imparte después al criado. Aunque el mayordomo parece ser el dueño de todo, el dueño de todo es, en realidad, el amo. Ahora bien, si este amo es de verdad quien gobierna en nosotros, seremos espirituales. Si el mayordomo es quien manda, seremos cristianos carnales; si el criado es quien hace su voluntad, entonces somos como un incrédulo que vive por los apetitos del cuerpo. Debido a que el cuerpo y el alma están estrechamente ligados (así lo confirma la existencia de muchas enfermedades psicosomáticas), el cuerpo puede ser un escollo para que el alma llegue a ser un dócil mayordomo. Un cuerpo consentido inevitablemente pretenderá ejercer dominio sobre el alma del creyente. Siendo el cuerpo la parte más expuesta de nuestro ser, sus requerimientos suelen ser totalmente opuestos al espíritu; por tanto, debemos ejercer sobre él el debido gobierno. Nos conviene ser amos de nuestro cuerpo y no esclavos de él. Golpeando el cuerpo Con todo, el cuerpo no es –como dicen los ascetas– un estorbo del que debemos deshacernos, ni tampoco es la fuente de todo mal. Al contrario, hay dignidad en el cuerpo de un creyente. Esa dignidad queda demostrada por el hecho de que el Hijo de Dios tomó forma de hombre, y habitó en un cuerpo como el nuestro. No obstante, la Escritura nos enseña que debemos refrenar los apetitos del cuerpo (Santiago 3:2), y que debemos golpearlo reduciéndolo a esclavitud (1ª Corintios 9:27), para que así llegue a ser un siervo obediente y no un amo dominante. Esto no es ascetismo, como pudiera pensarse: es la autodisciplina necesaria para hacer de nuestro cuerpo un consiervo en nuestro servicio al Señor. El término "golpear" usado por Pablo no es suave. Como tampoco lo fue la actitud del Señor con los mercaderes y cambistas. Esto nos sugiere que hay que tomar algunas medidas para el tratamiento del cuerpo. “¿No sabéis que los que corren en el estadio, todos a la verdad corren, pero uno solo se lleva el premio? Corred de tal manera que lo obtengáis. Todo aquel que lucha, de todo se abstiene; ellos, a la verdad, para recibir una corona corruptible, pero nosotros, una incorruptible. Así que, yo de esta manera corro, no como a la ventura; de esta manera peleo, no como quien golpea el aire, sino que golpeo mi cuerpo, y lo pongo en servidumbre, no sea que habiendo sido heraldo para otros, yo mismo venga a ser eliminado” (1ª Corintios 9:24-27). La enseñanza de Pablo está dada en el contexto de un atleta que participa en las carreras olímpicas. Muchos son los que corren, pero uno solo se lleva el premio, por tanto, hay que correr de tal manera que lo alcancemos. Nosotros sabemos lo que significa participar en una competencia atlética. Previo a la carrera debe alcanzarse un riguroso control sobre el cuerpo. La expresión "de todo se abstiene" sugiere que no se debe permitir que el cuerpo haga exigencias excesivas: su libertad debe ser restringida. Siendo legítimas las exigencias del cuerpo –como la comida, la vestimenta, el descanso, la recreación– el servicio al Señor es una exigencia mayor. Cuando el Señor requiere ser servido, debemos estar en condiciones de responder. Y nuestro cuerpo no podrá hacerlo a menos que esté ejercitado. Este ejercicio debe comenzar en los períodos de vida normal, para que así el cuerpo se encuentre preparado para cuando haya que servir. ¿Aliado o enemigo? Esta es una pregunta que hemos de hacernos honestamente todos los que queremos servir al Señor. Si nuestro cuerpo no es un esclavo sino un amo, jamás podremos prestar un servicio útil y fructífero, ni podremos alcanzar tampoco la plenitud de vida en Cristo. Los discípulos en Getsemaní no pudieron vencer el sueño (Marcos 14:37), porque no estaban ejercitados en tener control sobre su cuerpo (Marcos 14:38). El Señor, en cambio, pudo conversar con Nicodemo, aunque era tarde en la noche, y pudo atender la necesidad espiritual de la mujer samaritana pese a su propia necesidad de comida. Cuando los discípulos le rogaban que comiese él les dijo: – Yo tengo una comida que comer, que vosotros no sabéis. Y: – Mi comida es que haga la voluntad del que me envió, y que acabe su obra (Juan 4:31-34). Hay veces en que los cristianos deben ayunar (cuando la situación así lo requiere); en otras deben adaptarse a situaciones muy precarias; y a veces deben sobrellevar una porfiada enfermedad. Para todo ello nuestro cuerpo ha de estar ejercitado. El Señor hizo el cuerpo, y lo hizo con ciertos impulsos, pero él quiere que sea nuestro siervo y no nuestro amo. Sólo así podremos servirlo como debemos. Pablo temía ser eliminado de la carrera, si no reducía su cuerpo a servidumbre. ¿Qué diremos nosotros, que somos menores que Pablo? ¿No hemos de temer también lo mismo? Por amor al Señor, ordenaremos nuestro cuerpo para que, por el poder de la resurrección de Cristo, sea nuestro aliado y no nuestro enemigo en la obra de Dios. Tomaremos la autoridad del Señor para echar de este templo todo aquello que ofende la santidad del Señor. Este es el primer paso en nuestra santificación, y, a la vez, es una forma muy práctica de comenzar a morir a nosotros mismos. 4 Un trueque de aguas (Espíritu por alma) Juan 4:1-24 El Señor le dice a la mujer samaritana: – Dame de beber. La mujer se sorprende. ¿Cómo era posible? Era un judío quien se lo pedía, y judíos y samaritanos casi no se podían ver. – ¿Cómo tú, siendo judío, me pides a mí de beber, que soy mujer samaritana? – le responde la mujer. El Señor le dice: – Si conocieras el don de Dios, y quién es el que te dice: Dame de beber; tú le pedirías, y él te daría agua viva. La mujer se sorprende todavía más por estas extrañas palabras. Luego el Señor agrega: – Cualquiera que bebiere de esta agua, volverá a tener sed, mas el que bebiere del agua que yo le daré, no tendrá sed jamás, sino que el agua que yo le daré será en él una fuente de agua que salte para vida eterna. (Juan 4:7,10,13-14). Dos tipos de agua En este pasaje se mencionan dos tipos de agua: el agua del pozo y el agua viva. Notemos que el Señor le pide a la mujer agua del pozo, y luego le ofrece agua viva. El Señor le pide del agua estancada para satisfacer su necesidad física, y a cambio le ofrece un agua que saciará el espíritu de ella. El agua del pozo no sacia para siempre. Por eso era necesario que la mujer fuera a sacar agua una y otra vez. Pero el agua que el Señor le ofrece es un agua que la saciaría para siempre. A la luz de Juan 7:38-39, el agua viva es el Espíritu. ¿Y el agua del pozo? El agua del pozo representa el alma, porque ella no sacia ni se sacia jamás. Así que, en realidad, lo que el Señor le decía a la mujer era: – Dame tu alma y yo te daré de mi Espíritu. Cuando tú bebas de él, no tendrás sed jamás. ¿Del alma o del espíritu? Como tú sabes, hay una gran diferencia entre ambos tipos de agua, tanto natural como espiritualmente. En el plano natural, el agua del pozo suple una necesidad de beber, pero su calidad no es la mejor, porque suele contaminarse con facilidad. Además, está sujeta a los vaivenes temporarios, porque en verano, o en días de sequía, escasea. Distinta es la situación del agua viva. Esta agua tú la encuentras allá arriba, en lo escarpado de las montañas, lejos del "mundanal ruido". Para llegar a ella es preciso bregar bastante, y pocos son los que pueden beberla. Pero tú también la encuentras bajo tierra. Cuando se hace un hoyo profundo (de unos 30 ó 40 metros), se puede encontrar un río de agua viva que nunca se seca. Aunque haya escasez en el pozo, en el río profundo no hay escasez. Y para beberla no debes ir lejos, porque estás encima de ella. Tú sabes. Los ríos de Dios están fluyendo allá arriba en los lugares celestiales; ellos fluyen desde el trono de Dios. Pero también los que somos de Cristo tenemos esos ríos fluyendo por nuestro interior. No tenemos que ir allá o acullá para encontrarlos. Están dentro de nosotros, en la parte más profunda, más allá aun del alma. Cuando le hemos entregado el agua estancada de nuestro pozo al Señor, él nos ha dado a beber de su Espíritu. Cuando eso ocurrió por primera vez, nuestra vida sufrió un cambio absoluto y radical; fue la experiencia más preciosa de nuestra vida. Sin embargo, es posible que hoy esos ríos se hayan estancado, o que hayan llegado a ser meros chorrillos. O puede ser que, después de disfrutar con fruición del agua viva por algún tiempo, hayamos vuelto a beber, al mismo tiempo, del agua del pozo. Es posible que estemos dependiendo demasiado todavía de los apetitos del alma y que todavía andemos sedientos buscando cómo satisfacerla. ¿Cómo saber si éste es nuestro caso? Cuando una persona anda desesperada por tener cosas, probablemente signifique que esté viviendo por la vida del alma. Y como el alma se sacia momentáneamente con las cosas, cuando uno tiene alguna cosa nueva hallará una satisfacción momentánea. Pero después vuelve otra vez la sed abrasadora. Puede ser también que tú andes detrás de los logros. Si eres un estudiante o si trabajas, tú quieres ser el mejor. Quieres tener la satisfacción de desarrollar bien tu tarea y recibir una felicitación al final de ella. Para alcanzarlo te esfuerzas; te levantas muy temprano y te acuestas muy tarde. Si esto te está ocurriendo, puede ser una señal de que estás bebiendo del agua de tu pozo. Pero debes saber que ésa es un agua que no sacia. En el mundo uno suele ver esto: Las gentes quieren ser los mejores, los más reconocidos y aplaudidos. Ellos buscan satisfacción en esas cosas. ¿Deberá ocurrir así también con nosotros? Puede ser también que estés inmerso en una religión de obras, y te esfuerzas por agradar a Dios, por cumplir con las demandas de tu ley, pero todo te resulta pesado y oneroso. ¿Qué ocurre en tal caso? Tú no estás bebiendo del río de Dios, sino de tu propio pozo. El Señor dice: – Cualquiera que bebiere de esta agua, volverá a tener sed; mas el que bebiere del agua que yo le daré no tendrá sed jamás, porque será en él una fuente que salte para vida eterna. Adoradores En su diálogo con la mujer, el Señor llega a decirle lo siguiente: – Mas la hora viene y ahora es cuando los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y en verdad; porque también el Padre tales adoradores busca que le adoren. Dios es Espíritu; y los que le adoran, en espíritu y en verdad es necesario que adoren. (4:23-24) ¿Qué tiene que ver esto con las aguas de que venimos hablando? ¿Qué tiene que ver con la adoración a Dios? Digámoslo así: ¿Con qué adoran los que adoran a Dios? ¿Con cuál agua? ¿Con la del pozo? No; es con las otras, las que fluyen dentro de nosotros: con las aguas vivas. Pudiera parecer extraño que una conversación sobre el agua acabe tratando sobre la adoración en espíritu. Pero no lo es. El Señor nos da de su Espíritu para hacernos adoradores. El Señor quiere que bebamos de su agua para que lleguemos a ser verdaderos adoradores. El agua de nuestro pozo ha de irse secando para que no queramos echar más mano de ella. Dios permita que veamos cómo verdaderamente está esa agua, y que la hallemos contaminada y nauseabunda. El agua de nuestro pozo no es cristalina, no sabe bien, no es pura. Debemos aborrecer esa agua y beber del agua que él nos da, para que seamos verdaderos adoradores. Si nosotros bebemos el agua de nuestro pozo vamos a ser cristianos muy fuertes en nuestra alma, muy capaces intelectualmente, muy emprendedores y exitosos –y también muy bien recibidos en el mundo– pero muy pobres espiritualmente. O bien, llegaremos a ser muy respetados en el ámbito de nuestra religión, pero insatisfechos. Preguntémonos: ¿a qué nos ha llamado Dios? ¿Nos ha llamado a ser bebedores de pozo, o nos ha llamado a ser adoradores? A nosotros también el Señor nos dice ahora: – Yo quiero que bebas de mi agua para que seas un adorador; para que, cuando estés delante de mí, tu boca no se cierre. Para que tu corazón no se sienta como un desierto. Para que tu agua no sea un chorrillo, sino un torrente. Para que eso sea posible, el Señor nos ha dado a beber de su Espíritu. En una ocasión, el Señor se paró entre los judíos que estaban en el templo, y alzando la voz dijo: – Si alguno tiene sed, venga a mí y beba. El que cree en mí, como dice la Escritura, de su interior correrán ríos de agua viva. (Juan 7:38) Esto lo dijo del Espíritu Santo, que fue después derramado en Pentecostés. Para nosotros está vigente esta invitación. Él quiere que bebamos de estos ríos. Y si ya estamos bebiendo de ellos, él quiere que aumentemos su caudal. Pidámosle que las aguas vivas no dejen de fluir, sino que estén cada día más prevalecientes en nosotros. Hagamos correr el agua viva Se dice que cuando una persona pierde el uso de alguno de sus sentidos físicos, se desarrollan más los otros. Así también, cuando restringimos nuestra alma, se fortalece el espíritu. Cuando nos secamos espiritualmente, se fortalece la vida del alma. Pero si le negamos al alma sus apetitos, favorecemos la vida del espíritu. Así pues, dejemos las aguas de nuestro pozo y hagamos correr los ríos de agua viva. Entreguémosle al Señor nuestra agua contaminada y recibamos de él un mayor caudal de su río, porque Dios no da el Espíritu por medida. (Juan 3:34). ¡Siempre que Dios nos pide algo, es que quiere darnos mucho más! 5 Los que bota la ola (La dicha de los desdichados) Juan 5:1-18 Había en Jerusalén, cerca de la puerta de las ovejas, un estanque, llamado en hebreo "Betesda", el cual tenía cinco pórticos. En éstos yacía una multitud de enfermos, ciegos, cojos y paralíticos, que esperaban el movimiento del agua. Las aguas se volvían milagrosas cada vez que descendía un ángel y las tocaba. Entonces, el primer enfermo que bajara al agua después del ángel, quedaba sano de cualquier enfermedad que tuviese. Un enfermo especial Entre esos muchos enfermos había uno especial. No lo era por alguna razón externa. Lo era por su extrema indefensión, por su máxima orfandad. Era un paralítico. En los días del Señor Jesús, muchos fueron sanados, y entre ellos hubo muchos con largas y penosas enfermedades. Una mujer fue sanada de flujo de sangre tras haber padecido 12 años la enfermedad. Otra mujer fue sanada de su espalda tras 18 años de andar encorvada. Sin embargo, este paralítico era el más extenuado; su enfermedad era la más larga. Llevaba 38 años postrado. Más que aquellas dos mujeres juntas. Muchos enfermos habían sido sanados cuando fueron a Jesús. Algunos habían sido osados y habían corrido detrás de él para reclamar un milagro (como la mujer sirofenicia), otros habían gritado junto al camino hasta ser oídos. Pero éste estaba en peor condición que todos ellos, porque yacía allí, junto al estanque, sin poder moverse. No tenía esperanza de sanidad. Cada vez que el ángel removía el agua del estanque, él tardaba mucho en bajar. Y siempre había otro que se le adelantaba. Aun los ciegos y los cojos le ganaban. Así que, el hecho de que el ángel bajara no significaba ya mucho para él. Cada vez que esto ocurría, era una nueva frustración que se añadía a la anterior. Un día especial Pero un día sucedió algo extraordinario. Jesús se apartó de las multitudes que siempre le acosaban, y se fue derecho hacia Betesda. Se abrió paso por entre la gente; no miró a nadie más. Ese día el Señor tenía una sola silueta en el corazón, un solo nombre en sus labios. Cuando llegó junto al hombre, le dijo: – ¿Quieres ser sano? Fue una breve pregunta, pero seguramente debió de producir una reacción en cadena en el corazón del paralítico. ¿Qué significaba Era una pregunta que admitía una sola respuesta. Pero de tan obvia, era casi absurda. ¿Que si quería ser sano? Llevaba 38 años deseándolo; llevaba toda una vida necesitándolo. Por eso, su respuesta no fue una afirmación. No fue, como pudiera haberse esperado, un canto de fe y gozosa expectación. Fue más bien un lamento, un gemido. Fue el desborde de su alma amargada, con esa amargura acumulada por casi cuatro décadas. Entonces, el Señor no preguntó más. Seguir haciéndolo habría sido como poner la mano en la herida y ahondar más la llaga. En realidad, la respuesta del paralítico equivalía a mil "síes". Jesús le dice: – Levántate, toma tu lecho y anda. Al instante aquel hombre fue sanado. Entonces, tomó su lecho y se fue. Esta clase de hombres ¿Qué importancia tiene esta historia para los cristianos de hoy? Aparte de mostrarnos la compasión de Jesús por el hombre, y su poder para sanar toda enfermedad, nos enseña algo más. A hombres como éste –que no pueden acudir a él– Dios busca para sanar. A hombres como éste, imposibilitados, víctimas de la mayor de todas las enfermedades, Dios usa para edificar su casa, que también es Betesda (Casa de misericordia). No son los vencedores de las grandes lides, las estrellas fulgurantes en la constelación del universo cristiano; no son los que deslumbran: Son los paralíticos, los abandonados de la suerte, los olvidados y desechados aún por la mano compasiva del hombre. Esta clase de hombres, los que no tienen nada, por los cuales nadie da nada, son los que Dios usa para mostrar su gloria y edificar su casa. Las evidencias Ellos son fácilmente reconocibles, porque hay algunas evidencias que los delatan. Ellos, por ejemplo, aún llevan su lecho a cuestas. Ellos no pueden olvidar de dónde Dios los sacó. No pueden encumbrarse, porque su lecho los denuncia. Por más que quieran esconderlo, ellos muestran su origen: ellos son viles, son comunes. Ellos también se reconocen porque renguean. Durante 38 años sus músculos estuvieron entumecidos, secos, agarrotados. Ellos no tienen la gracia y el donaire para pasearse por las pasarelas. Su andar inseguro y torpe denuncia los 38 años de parálisis. Ellos no lucen bien en los escenarios del mundo; antes bien, son abucheados allí. Si el Señor los hubiese ignorado, ¿quién lo habría sabido?, ¿quién podría habérselo reprochado? Nadie hubiera sabido de ellos; y a nadie le hubiese importado su olvido. En ese estanque de miseria hubieran podido seguir hasta que sus huesos se hubiesen vuelto polvo. Y nadie habría derramado una sola lágrima por ellos. Lo que bota la ola Dicen que el mar admite en su seno sólo aquello que tiene vida. Lo que está muerto, es desechado y arrojado a la orilla. Lo que arroja la ola está muerto. El gran mar, que es el mundo, tiene a muchos arrojados a las playas en calidad de desperdicio. Entre ellos estamos nosotros, los discípulos de Jesucristo. El mundo no nos halló valiosos. No le éramos de ninguna utilidad, así que nos arrojó. Por demás presumimos diciendo que hemos dejado un mundo que nos necesitaba, o que salimos de allí desdeñosos. No. El mundo nos arrojó, como la ola arroja lo que está muerto para el mar. Así, abandonados en la orilla, nos halló el Señor. Nos recogió por ser quienes éramos, inservibles e inútiles, como un vaso quebrado. Amado cristiano: hay algo en tu carácter, o en tu temperamento, que te hace despreciable para ellos. Tus habilidades, por muy valiosas que te parezcan, no logran encubrir aquélla tara. Eras un caso perdido, y todavía lo serías si lo olvidaras, y te envanecieras. Dios no te ha escogido porque fueras más que otros, sino porque eras el más insignificante, y porque, a pesar de eso, él te amó. (Deuteronomio 7:7-8). Dios te ha escogido, no por lo que eras, sino a pesar de lo que eras. Tal vez Dios haga en ti y a través de ti algunas cosas, pero no lo hará debido a ti, sino pese a ti. Tal vez él te lleve adelante –si le place– pero ten presente que si lo hace, no será porque eres una persona especial. Si él te lleva en cierta dirección, no pienses que es porque tú ibas en esa misma dirección; al contrario, lo que mejor haces es presentarle tenaz resistencia. Sin embargo, él te lleva a pesar de eso. Tú vas como frenando el carro que él tira; así que, si avanzas, es que él te lleva, pese a ti. Tú crees que eres una clase especial de hombre; y lo eres, pero no por tus habilidades, sino por tus torpezas. Eres especialmente torpe, y chambón, y obstinado. Lo eres, y tanto, que Dios te halló en Betesda y no en otro lugar. Él quiso ir allí, y sanarte. Así, de pura gracia, porque tú eras, de todos los paralíticos y ciegos y cojos, el más abandonado, el peor de todos. Humanamente, no tenías vuelta. Eras lo que había botado la ola. Otros casos Si tú crees que exageramos, vayamos a las Escrituras. En ellas hallamos muchos casos que confirman lo que venimos diciendo. Cuando Abraham habló con Dios tocante a Sodoma, dice de sí mismo que es sólo "polvo y ceniza" (Génesis 18:27). Job le responde al Señor: "He aquí yo soy vil, ¿qué te responderé?" (Job 40:4). Gedeón se consideraba a sí mismo como "el menor de la casa de su padre" (Jueces 6:15). Moisés decía –hablando con Dios–: "soy tardo en el habla y torpe de lengua" (Ex.4:10). Jeremías no pensaba diferente: El dijo: "No sé hablar, porque soy niño" (Jer.1:6). Y Pablo, ya apóstol, reconocía ser "menos que el más pequeño de todos los santos" (Ef.3:8). Sin embargo, eso aún no es nada comparado con lo que el gran rey David, el dulce cantor de Israel, decía de sí mismo. Él gustaba de compararse nada menos que con un perro muerto o con una pulga (1 Sam.24:14). Sólo quien nunca ha visto a Dios puede estimarse como grande. Sólo quien no ha visto la gloria de Dios puede presumir. No méritos; sólo deméritos Por causa de ser tú quien eres, y del lugar de donde el Señor te sacó, en adelante tú sabes que no tienes derechos, sino deberes Tú has escuchado –lo mismo que el ex paralítico– decir al Señor: – Mira, has sido sanado; no peques más, para que no te venga alguna cosa peor. (Juan 5:14). Lo único que importa saber ahora es que no debes pecar más. Tal vez cuando te veas sano, y robusto, puedas pensar que eres alguien, y comiences a exigir derechos. Pero debes saber que en la Casa de Misericordia no hay derechos; sólo hay deberes. ¿Por qué? Porque allí hay puros ex-paralíticos. Y ellos han oído decir al Señor estas mismas palabras. En esta Betesda, que es la iglesia, no hay hombres con méritos; sino sólo con deméritos. 6 El valor de la Palabra (Para incrédulos, seguidores y discípulos) Juan 5:38; 8:31-32; 14:15, 21, 23-24 Escogeremos en el evangelio de Juan tres dichos del Señor sobre la Palabra de Dios, dirigidos a tres auditorios distintos. Ellos nos van a aclarar qué lugar ocupa la Palabra en la vida de un creyente que aspira a caminar con Cristo. Los judíos incrédulos En Juan 5:38, el Señor Jesús tiene un reclamo contra los judíos: – No tenéis la palabra de Dios morando en vosotros; porque a quien él envió, vosotros no creéis. Los judíos poseían una gloria, que incluso Pablo les habría de reconocer: a ellos se les había confiado la Palabra de Dios (Romanos 3:2). Desde sus orígenes como nación, en el Sinaí, ellos fueron los albaceas de la Palabra de Dios. Poseían todo un aparataje para preservarla, estudiarla y enseñarla. En los días de Jesús, existían varias escuelas teológicas, las cuales rivalizaban entre sí en su celo por la ortodoxia de la doctrina. A sus niños los instruían rigurosamente – magistralmente– en la ley de Moisés. Sin embargo, el Señor Jesús les derriba toda su gloria al decirles que ellos no tenían la Palabra de Dios morando en sus corazones. Ellos tenían la palabra fuera de ellos, pero no dentro de ellos. O, dicho de otra manera, tenían mucha palabra fuera de ellos, pero nada dentro de ellos. Ellos conocían la Palabra de Dios como un sistema doctrinal, como un cuerpo muerto que es objeto de disección teológica, pero no como alimento y sostén diario. Las palabras del Señor a éstos judíos no dejan lugar para la esperanza; ellas son un juicio fuerte y definitivo. Por causa de no tener la Palabra morando en ellos no podían creer en Aquel a quien el Padre había enviado. Los ojos de ellos estaban cegados y no podían ver a Dios; sus oídos se habían ensordecido, así que no podían oír a Dios. Es la Palabra morando en el hombre la que hace el corazón dócil, vuelve el alma sumisa, y los sentidos espirituales dispuestos para agradar a Dios. Sin la palabra morando, no hay nada de eso. Pese a su amplio conocimiento de las profecías tocante al Cristo, los judíos no pudieron discernir que Jesús de Nazaret era el Cristo. Las muchas citas de los profetas que habían aprendido eran un mero contenido de estudio guardado en la mente, pero no una revelación de Dios por el Espíritu. A la hora de aplicar ese conocimiento, no tenían la capacidad espiritual para hacerlo. Al saber que Jesús era de Nazaret, no veían cómo eso podría cumplir la profecía de que el Cristo nacería en Belén. Como si ambas cosas no fuesen posibles con sólo un pequeño movimiento del dedo de Dios. La ceguera de los judíos en tiempos de Jesús nos enseña que las Escrituras estudiadas como un ejercicio mental, y no como una búsqueda espiritual delante de Dios, en humillación y quebrantamiento, no sirven de mucho. Más que aclarar, confunden el alma. Las Escrituras daban testimonio de Jesús, pero eso no les servía de nada, porque ellos las estudiaban con presunción. Si lo hubiesen hecho con un corazón contrito, temblando ante la Palabra, hubiesen corrido a postrarse a los pies de Jesús, porque hubieran reconocido que él era Aquel de quien ellas daban testimonio. La actitud de los judíos –que nos parece una locura– no es extraña en nuestros días. Pese al triste antecedente, todavía hay quienes caen en el mismo mal. Las Sagradas Escrituras estudiadas con métodos "científicos", o "humanistas" –como si ellas fueran un libro más– desmerecen su mensaje, relativizan sus demandas, y hacen nula la voz de Dios. Excelentes cristianos se han extraviado de Dios, al enredarse en los lazos de la teología, y en los mil vericuetos de las sutilezas doctrinales. Esto es extremadamente delicado. Si no está la Palabra morando en nosotros, no podremos discernir la dirección en que Dios está obrando. Podremos entender –examinando la Historia– cómo actuó ayer, pero eso no nos sirve necesariamente para saber cómo él hará hoy. Los caminos de Dios no se repiten. Su propósito no avanza en círculos, sino en una larga línea que tiene un principio y un fin. Dios suele darles una sorpresa a los que van siguiéndole con los sentidos de la carne y la sangre. Para seguirle de verdad se requiere de algo más. Los judíos creyentes En otra ocasión, Jesús dijo a los judíos que habían creído en él: – Si vosotros permaneciereis en mi palabra, seréis verdaderamente mis discípulos; y conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres. (Juan 8:31-32). Esta palabra es para los judíos que habían creído en él. Hay aquí, por tanto, un panorama distinto del anterior. Éstos no tienen la puerta cerrada; al contrario, para ellos se abre un venturoso camino, el cual comienza con una demanda. Si ésta es cumplida, podría producir en ellos un avance notable en su condición delante del Señor: llegarían a ser sus discípulos, y conocerían la verdadera libertad de Cristo. La condición para que todo esto acontezca es una y simple: que permanezcan en su Palabra. Los judíos de los que hablábamos antes no tenían la Palabra de Dios morando en ellos; aquí la demanda es permanecer en la Palabra, lo cual implica que ya la tienen. La tienen, pero deben permanecer en ella. Esto exige una experiencia íntima, personal, con la Palabra de Dios. No se trata sólo de conocerla, sino de permanecer en ella, es decir, familiarizarse, apegarla al corazón, comer de ella, gustarla, creerla, vivir por ella. Así como los niños aprenden en los colegios esas largas poesías para recitar en una ceremonia, así el creyente ha de interiorizar las promesas, exhortaciones, y acciones de gracias inspiradas que enriquezcan su espíritu, y bendigan, de paso, a otros cuando sean pronunciadas. Un río de vida fluye de los labios del cristiano cuando la Palabra es citada oportuna y fluidamente. Luego, para cada necesidad, o aflicción; para cada prueba o gozo, habrá una palabra a flor de labios, o aflorará el súbito recuerdo de una palabra por el Espíritu. Al permanecer en la Palabra, el seguidor de Cristo alcanza la dignidad del discípulo. ¿Qué es un discípulo? Un discípulo es uno que camina tras los pasos del Maestro, y que "anda como él anduvo" (1ª Juan 2:6). Es uno que ha aprendido de él cómo reaccionar ante las cosas, como responder a las necesidades; aun más, cómo pensar, como sentir y cómo amar. En definitiva, es uno que llega a ser como él. Esto traerá consigo, a su vez, el conocimiento de la verdad. Nótese que aunque estos judíos habían creído en él, todavía no eran sus discípulos, ni habían conocido la verdad. Siendo Jesús la verdad, ellos no se la habían apropiado aún. Conocer la Verdad –así con mayúsculas– como una realidad global y abarcadora, no era suficiente. Cristo es la Verdad, pero de ella se desglosan miles de verdades, las que, aplicadas al creyente y a su caminar, van permitiéndole conocer la Verdad en plenitud. El creyente trae de su pasado sin Cristo un bagaje de mentiras, de medias verdades o abiertos engaños que deben ser denunciados, corregidos o erradicados. Por cada mentira de Satanás, una verdad de Dios debe establecerse en el corazón, reemplazándola. ¿Cuál es la verdad de Dios respecto de nuestra forma de pensar, de reír, de cantar, de soñar, de esperar, de amar, de airarnos, de caminar, de reaccionar; de relacionarnos con el mundo, con el jefe, con el vecino, con la esposa, con los hijos? ¿Cuál es la verdad respecto de la victoria espiritual, de la unidad de los creyentes, del cielo y del infierno, de la vida y de la muerte? Si permanecemos en su Palabra, miríadas de pequeñas verdades se irán descubriendo ante nuestros ojos, las cuales, creídas, aceptadas y seguidas, nos harán verdaderamente libres. Estas verdades –destellos de la Verdad– se asentarán en el corazón y producirán la emancipación del creyente de toda atadura del pasado. Todas estas verdades provienen de Jesucristo, la Verdad absoluta, luminosa, y perfecta. Por eso, se puede decir fehacientemente: "Si el Hijo os libertare, seréis verdaderamente libres" (Juan 8:36). A los Doce En Juan 14 el Señor se dirige a un auditorio todavía más íntimo que el anterior. Son los doce apóstoles que, reunidos esa noche postrera antes de la cruz, reciben de su boca las últimas y más preciosas enseñanzas. El Señor les habla al corazón, y les dice: – Si me amáis, guardad mis mandamientos ... El que tiene mis mandamientos, y los guarda, ése es el que me ama; y el que ama, será amado por mi Padre, y yo le amaré, y me manifestaré a él ... El que me ama, mi palabra guardará; y mi padre le amará, y vendremos a él, y haremos morada con él. El que no me ama, no guarda mis palabras ..." (Juan 14:15,21,23-24). Aquí el tono es familiar. El Señor ha estado tres años con ellos, entonces él puede apelar al amor. Y es porque ellos le aman que deberán guardar su palabra. Todavía hay, sin embargo, una expresión que está como condicionada, como si todavía no estuviera seguro de si ellos albergan los sentimientos correctos para con él. Entonces les dice: – Si me amáis ... Para saber si de verdad era amado, no habría otra forma más segura de saberlo que ésta: guardarían sus mandamientos. Lo que significa "guardar" El término "guardar" tiene un uso muy desteñido hoy en día en algunos ambientes cristianos. Se habla de "guardar" un día, de "guardar" unas fiestas, etc., como una simple observancia. Normalmente eso alude a un acto exterior, sin mayor significación ni alcances espirituales. Su uso suele ser el que hizo de esta palabra el joven rico en su diálogo con el Señor Jesús. (Mateo 19:20). En el Nuevo Testamento griego hay dos palabras que se traducen como "guardar", una es 'tereo' y la otra es 'phylasso'. La primera significa una obediencia de corazón, y la segunda, sugiere una mera observancia exterior. Cuando el Señor le dice al joven rico que si quería entrar en la vida guardara los mandamientos, se usa 'tereo'; pero cuando el joven le contesta, usa 'phylasso'. El Señor dijo correctamente, pero el joven rico contestó de manera insuficiente. Este segundo "guardar" es el que se hace como un mero hecho exterior para lucir ante los demás, para alcanzar una justicia propia. En cambio, 'tereo' indica una obediencia por amor, como en este pasaje de Juan. En efecto, el guardar los mandamientos de Jesús es un asunto de amor, de devoción interior. El Señor abomina una ofrenda sólo de labios, que no tenga la calidez del corazón de sus amados. Es el amor y no otra la motivación que ha de impulsar a un discípulo a obedecer a su Maestro. La Palabra trae a Dios El versículo 21 enfatiza el tener y el guardar los mandamientos. Luego, está la gloriosa promesa para los que así hagan: él y el Padre les amarán, y se manifestarán a ellos y harán morada con ellos. Obedecer así trae consigo una recompensa mayúscula, porque no hay en el mundo una realidad más gloriosa que ésta: que el Padre y el Hijo hagan morada en el corazón de un hombre. Entonces, toda la vida tiene sentido para él, y hallará plena satisfacción aun en los días más grises, en medio del dolor y la adversidad. A los judíos, Jesús les habla con firmeza; a los judíos creyentes, con exhortación; a los doce, les habla al corazón, y les demanda por amor. El guardar su palabra es –y no otra– la comprobación de que el corazón le ama de veras. La palabra será recibida con la fruición de la miel que destila del panal, con la anhelante solicitud del que busca buenas perlas y las halla, con la gozosa expectación del que encuentra un rico filón de oro, y lo explota gramo a gramo, porque no quiere que se pierda nada. Luego, esa palabra atesorada y guardada, nos servirá de luz, y será el único referente en el caminar diario, en el día en que hay que vivir en la tierra como extranjeros y peregrinos. Cuando la marea de la incredulidad aumenta, y la filosofía humanista se impone en los ambientes cristianos, nos volvemos a la pura y preciosa palabra de Dios, para hallar en ella la sabiduría que fluye de su boca. La palabra recibida, y guardada trae consigo al mismo Dios que la inspiró. Su presencia será consuelo al alma, y refrigerio a los huesos. En la Palabra viene Dios mismo, como morador permanente. Nos mostrará el camino En ella hallaremos también la guía para dar los pasos de fe en la dirección correcta. Conoceremos no sólo lo que Dios hizo en el pasado, sino también lo que Dios está haciendo hoy, y quiere hacer en los días que vienen. El Dios bendito que ha venido a nosotros, nos hablará cada día. Por la Palabra, Dios nos persuadirá para que vayamos con él, estrechamente, dependiendo sólo de su voz. Nos mostrará el camino y nos dará la fuerza para andarlo. ¡Qué dulce es el camino con él, y con la guía de su Palabra santa! 7 Vida a contrapelo (Oposición, preguntas y controversias) Juan 7 Juan capítulo 7 está lleno de oposición, preguntas y controversias. Los hermanos de Jesús Primero, son los hermanos de Jesús. Ellos le hablan con sorna: – Sal de aquí, y vete a Judea, para que también tus discípulos vean las obras que haces. Porque ninguno que procura darse a conocer hace algo en secreto. Si estas cosas haces, manifiéstate al mundo. Y Juan, el evangelista, agrega, lacónico: "Porque ni aun sus hermanos creían en él". Este menosprecio sarcástico no era nuevo. En una ocasión anterior, ellos le habían ido a buscar, decididos a llevarle de vuelta a casa, porque pensaban que estaba loco. (Marcos 3:21). Sus hermanos le habían visto crecer, habían jugado con él. Era tan familiar para ellos, que –a sus ojos– era imposible que fuese el Hijo de Dios. Mucha oposición familiar habrían de sufrir los cristianos después, así que él debía probarla primero. Muchos dolores, incomprensiones y menosprecios habrían de sufrir sus profetas en los siglos por venir, así que él debería ser el primero en experimentarlo. Él dijo: – No hay profeta sin honra sino en su propia tierra, y entre sus parientes, y en su casa. (Marcos 6:4). Dos de sus hermanos habrían de ser sus siervos después en la obra de Dios (Santiago y Judas, los autores de las epístolas respectivas), pero ahora sus ojos estaban cegados para verle. Indefectiblemente, este es un precio que tienen que pagar también los que siguen a Jesús de cerca. Sus pasos están claramente marcados en las Escrituras, y ellos han de seguirlos. Preguntas Este capítulo siete tiene también varias preguntas que despertaba el Señor en la gente. Las más de ellas no tenían respuesta, porque tampoco el Señor se preocupó de contestarlas. Sus enseñanzas (dichas en parábolas) eran enigmáticas, y sólo su círculo íntimo tenía acceso a la interpretación. En aquella fiesta judía, los judíos preguntaban: – ¿Dónde está aquél? Había expectación por verle y oírle. Pero todos hablaban de él a escondidas, por miedo a los judíos. Luego, al escuchar su sabiduría, se decían: – ¿Cómo sabe éste letras sin haber estudiado? Al verle cómo enseñaba libremente en el templo, se preguntaban: – ¿No es éste a quien buscan para matarle? Pues, mirad, habla públicamente, y no le dicen nada. ¿Habrán reconocido en verdad los gobernantes que éste es el Cristo? Algunos que creían en él (aunque imperfectamente) agregaban: – El Cristo, cuando venga, ¿hará más señales que las que éste hace? Cuando le oían hablar sobre su partida, ellos se inquietaban: – ¿Adónde se irá éste, que no le hallemos? ... ¿Qué significa esto que dijo: Me buscaréis, y no me hallaréis? ... Cuando los sacerdotes y los fariseos envían a él alguaciles para prenderle, éstos regresan con las manos vacías. – ¿Por qué no le habéis traído? – les dicen. Y al ver la admiración que ellos sienten por Jesús, les replican: – ¿También vosotros habéis sido engañados? ¿Acaso ha creído en él alguno de los gobernantes, o de los fariseos? A Nicodemo le contestan ásperamente cuando él sugiere que se le dé a Jesús una oportunidad de hablar ante ellos. – ¿Eres tú también galileo? Escudriña y ve que de Galilea nunca se ha levantado profeta. Todas estas personas tal vez podrían haber hallado satisfacción si Jesús se hubiese preocupado de responderles. Todas estas preguntas podrían haber tenido respuestas tranquilizadoras. Sin embargo, no hizo así. Incluso los discípulos solían estar tan intrigados como ellos. En una sola ocasión, ellos le dijeron: – He aquí ahora hablas claramente, y ninguna alegoría dices. Esto era más bien una excepción, que la regla. ¿Por qué hacía Jesús así? Las verdades espirituales no dependen de una clara respuesta, o de una ordenada explicación para ser entendidas. Ellas requieren una cierta clase de corazón para ser recibidas. Aunque Jesús hubiera hablado claramente, no le podían creer, porque sus corazones eran incrédulos y malvados. Por eso solía decir: – El que tiene oídos para oír, oiga. Pablo, haciéndose eco de estas palabras, decía también a los corintios: – Lo que os escribo son mandamientos del Señor. Mas el que ignora, ignore. (1ª Cor.14:37-38). Incluso, hablando a las iglesias de Asia, el Señor diría después: – El que tiene oído, oiga lo que el Espíritu dice a las iglesias. (Apoc.2 y 3). Buscando respuestas Si nosotros hubiésemos estado en el lugar del Señor, tal vez nos habríamos apresurado a preparar respuestas, para evitar la incomprensión y la persecución. Nos hubiésemos esforzado por disipar cualquier malentendido. Pero nuestra tarea no es esa. Nuestra tarea no es escapar de la oposición, sino caminar hacia la cruz. No es crear las condiciones para ser aplaudidos, sino decir la verdad de Dios, aunque nos duela después. Erróneamente, ofrecemos demasiadas respuestas y generamos pocas preguntas. Procuramos que la gente sepa cosas que nunca nos ha preguntado, en vez de despertar en ellos preguntas cruciales que transformen sus vidas. Controversias Los judíos en Jerusalén se dividieron por causa de Jesús: "Y había gran murmullo acerca de él entre la multitud, pues unos decían Es bueno; pero otros decían: No, sino que engaña al pueblo" (Juan 7:12). "Entonces algunos de la multitud ... decían "Verdaderamente éste es el profeta. Otros decían. Este es el Cristo. Pero algunos decían: ¿de Galilea ha de venir el Cristo?... Hubo entonces disensión entre la gente a causa de él" (7:40-41,43). Jesús vino a establecer la verdad de Dios en medio de las tinieblas. Las tinieblas trataron de apagar su luz, porque él las hería de muerte, pero no lo lograron. Si Jesús hubiese seguido el cauce de ellas, no habría recibido oposición. Sin embargo, su camino era diferente. Su palabras eran luz, espíritu y vida. Y por serlo, él recibió persecución por parte de las tinieblas, de la carne y de la muerte. Pero no sólo Jesús fue objeto de controversias. También lo fue Pablo en sus días, y todos los que después han caminado con Jesús. El camino de Jesús es también el de sus discípulos. Recién convertido, Pablo provocó conflictos en Damasco (Hechos 9:22-23), y también en Jerusalén (9:28-29). La solución fue llevárselo lejos (9:30), porque no podían evitar que los provocara. Después de él, y más aun, después de los largos siglos de oscurantismo que sobrevinieron en la historia de la Iglesia, casi cada nueva verdad de las Escrituras ha sido recuperada con dolor y persecución, porque la verdad hiere la mentira, rompe la inercia de las tradiciones, y golpea de muerte el 'statu quo'. Los cristianos de hoy no deben sorprenderse por estas cosas. Pese a vivir en un siglo que se gloría de las libertades, y de los derechos del hombre, en materia de fe existe todavía la más obcecada tozudez, y muchas veces se alzan, aquí y allá, nuevos Tribunales de Inquisición que pretenden defender con la fuerza de la carne, viejas mentiras con cara de verdad. Lo que significa caminar más cerca Esto es algo que los cristianos de hoy deben recordar: Caminar más cerca de Jesús implica vivir en carne propia Juan capítulo 7. Esto es, la burla de nuestros hermanos de sangre, las preguntas, muchas veces absurdas y capciosas de las gentes, y la controversia-persecución de todos, especialmente de los grupos de interés. Si tú no has vivido estas cosas, es posible que sea por alguna de estas dos razones: a) No has estado suficientemente cerca. b) Has mezclado la verdad, y contemporizado con la mentira. En breve este problema se agudizará porque el mundo (también el mundo occidental "humanista y cristiano") se volverá más y más hostil hacia los que aman a Dios. La locura de persecución se ha desatado ya en algunos extremos de la tierra, y no pasará mucho tiempo hasta que llegue a ti. Por lo pronto, puede comenzar muy cerca: allí mismo donde tú comes y duermes, allí donde trabajas y donde te reúnes. Vida a contrapelo El panorama no es muy alentador. ¿Qué debemos hacer? Muchas veces nos sentiremos tentados a tomar precauciones para que no nos hieran, o a movernos a la defensiva. O bien, a pagar con la misma moneda. Si decidimos hacer esto último, entonces, cuando se nos opongan los de casa usaremos todos los recursos para ajustar cuentas cada vez que sea necesario. Utilizaremos una y mil argucias para contraatacar de tal manera que les duela, y no nos vuelvan a molestar. Si se trata de los de más afuera, hallaremos también las vías adecuadas. Daremos explicaciones, pediremos disculpas (no por humildad, sino para no ser incomprendidos), nos someteremos al 'establishment'. Pero todo esto es bajo, es vil, e indigno de un discípulo del Señor. ¿Cuál ha de ser nuestra actitud y conducta? El Señor Jesús nos da la clave en este mismo capítulo. En el último y gran día de la fiesta, Jesús se puso en pie y alzó la voz, diciendo: – Si alguno tiene sed, venga a mí y beba. El que cree en mí, como dice la Escritura, de su interior correrán ríos de agua viva. (7:37-38). Al final de esa jornada de menosprecio, burla y desprestigio, el Señor invitó a los sedientos a beber de él. ¡Esto es admirable! Ellos le habían estado acosando, pero él tenía vida para ofrecerles. Ellos habían estado disparando contra él todo su arsenal de muerte, pero él sólo tenía palabras de bien para ellos. Sólo uno con un corazón limpio puede hacer eso. Sólo uno que ama profundamente puede ofrecer a los demás agua viva. Así que cuando todo vaya en contra, cuando todo se oponga a tu caminar, cuando se levanten oleadas de desprestigio, tú no tienes opción: tú tienes que conservar tu corazón puro, sin resquemores. Tu única opción es entregar vida. De tu boca no ha de salir maldición; sino sólo bendición. Tú eres una fuente que sólo ha de dar agua dulce. Así hizo tu Maestro y así has de hacer tú también. Esa es tu honra y tu hermosura. 8 La oposición de las sinagogas (Un viejo problema redivivo) Juan 9 La sanidad del ciego de nacimiento, en Juan capítulo 9, nos pone sobre el tapete una importante cuestión, que tarde o temprano afectará al cristiano sincero. Para entenderlo bien, resumamos la historia de este hombre. El testimonio de un ex ciego Cuando el ciego fue sanado, se produjo una extraordinaria efervescencia entre todos los que le conocían. Primero entre los vecinos, luego entre los fariseos. Todos le interrogaron acerca de lo que le había sucedido. Su testimonio acerca de Jesús en un comienzo fue débil. Cuando le preguntaron: – ¿Cómo te fueron abiertos los ojos? Él dijo: – Aquel hombre que se llama Jesús hizo lodo, me untó los ojos, y me dijo: Ve al Siloé, y lávate; y fui, y me lavé, y recibí la vista. Más adelante, los fariseos le dijeron: – ¿Qué dices tú del que te abrió los ojos? Él contestó: – Que es profeta. Cuando los fariseos le preguntan a sus padres, ellos dijeron: – Sabemos que éste es nuestro hijo, y que nació ciego; pero cómo vea ahora, no lo sabemos; o quién le haya abierto los ojos, nosotros tampoco lo sabemos; edad tiene, preguntadle a él; él hablará por sí mismo. La Escritura añade: "Esto dijeron sus padres, porque tenían miedo de los judíos, por cuanto los judíos ya habían acordado que si alguno confesase que Jesús era el Mesías, fuera expulsado de la sinagoga" (9:22). Más adelante, cuando de nuevo los fariseos le preguntan al ex ciego acerca de Jesús, él les dice: – Si éste no viniera de Dios, nada podría hacer. Cuando dijo esto, le expulsaron de la sinagoga. Notemos que cuando el ex ciego se refirió a Jesús como "Aquel hombre ..." no tuvo mayores problemas. Cuando dijo que era un "profeta", tampoco. Pero cuando dijo que había venido de Dios, lo cual equivalía a decir que era el Mesías, entonces le echaron de la sinagoga. La importancia de estar en la sinagoga En los tiempos de Jesús, la sinagoga era el centro de la vida religiosa y social judía. Ser expulsado de ella era pasar a ser un marginado, un proscrito. Por eso los judíos temían ser expulsados de ella. Los padres del ex ciego, pese al gozo que sentían al ver a su hijo sano, no se atrevieron a exponerse a ser echados de ella dando un testimonio favorable acerca de Jesús. Los padres no quisieron comprometerse, a pesar de que tenían razones poderosas para haberlo hecho. Lo mismo sucedió con otros, que eran seguidores secretos de Jesús. José de Arimatea "era discípulo de Jesús, pero secretamente por miedo de los judíos" (Juan 19:38). Nicodemo también lo era (Juan 3:1-2; 7:50-52; 19:39-42). Y otros muchos: "Aun de los gobernantes, muchos creyeron en él; pero a causa de los fariseos no lo confesaban, para no ser expulsados de la sinagoga. Porque amaban más la gloria de los hombres que la gloria de Dios" (Juan 12:42-43). Los padres de ese hombre tenían apenas una pequeña honra, porque eran los padres de un mendigo, pero aun así no quisieron perderla. José de Arimatea, Nicodemo y los gobernantes poseían, en cambio, mucha honra, así pues, ¿nos extrañaremos de que no quisieran perderla? Ellos no confesaban abiertamente que Jesús era el Cristo –aunque en el corazón lo creían– para no ser expulsados de la sinagoga. Estar en la sinagoga era para ellos tener a Dios y a los hombres de su lado. Por eso, no convenía que se expusieran a perderlos por cualquier causa. Pero seguir en la sinagoga después de creer en Jesús era tener problemas con la conciencia. Ellos seguramente no tenían paz, porque no podían defender a Jesús cuando los demás hablaban mal de él. Ellos no aparecen en el libro de los Hechos (aunque tal vez estuvieran con los cristianos). Posiblemente no tuvieron la dicha de seguirle, porque amaban más la gloria de los hombres que la gloria de Dios. El problema de las sinagogas Existe una gran similitud entre las sinagogas judías de los tiempos de Jesús y las ‘sinagogas’ cristianas en nuestros días (1). Hay, al menos, dos claras semejanzas: Las sinagogas judías eran una institución que no estaba contemplada en las Escrituras. Habían surgido por razones políticas y sociales en el período intertestamentario. De manera que cuando vino Jesús, se encontró con este sistema no escritural, el que, sin embargo, sobrellevó. Él se crió, como todo niño judío, en torno a la sinagoga, y, siendo ya grande, fue a ellas para compartir las Escrituras, como todo Rabí. Sin embargo, en sus discursos dirigidos a los fariseos y escribas, les solía decir: – Bien invalidáis el mandamiento de Dios para guardar vuestra tradición. Y: – Hipócritas, bien profetizó de vosotros Isaías, como está escrito: ... En vano me honran, enseñando como doctrinas mandamientos de hombres. (Marcos 7:13,7). (Ver también Mateo cap.23). De la misma manera ocurre con las sinagogas cristianas de nuestros días: ellas no son una enseñanza bíblica, sino una institución nacida de la buena voluntad del hombre por agradar a Dios, con muchos agregados no escriturales. La segunda semejanza es todavía más grave. Como toda construcción humana, su naturaleza se desvirtúa con el paso de los años, al sistematizarse y anquilosarse. Lo que surgió en un principio al calor de una visión, como un odre que debería contener (o que ayudaría a contener) el vino de Dios, se transformó en una estructura rígida, con existencia autónoma, que finalmente se quedó sin vino. Cuando vino Jesús, las sinagogas eran un engendro incapaz de reconocer al Mesías. Allí estaban las Escrituras, pero el testimonio espiritual que ellas daban no era oído. Allí se acogían las Escrituras, pero no al que las había inspirado, y por quien ellas existían. ¿Podrá hallarse un absurdo mayor? En el día de hoy, cuando nos encontramos a las puertas de la segunda venida del Señor, la situación no es muy distinta. En las sinagogas cristianas de hoy están las Escrituras, pero no está el testimonio espiritual que ellas dan, de modo que si él viniera a ellas, sería ignorado y rechazado de nuevo. Las sinagogas funcionan perfectamente sin que él esté presente, sin que se le oiga ni se le atienda. Las sinagogas han adquirido existencia propia, tienen su rutina establecida y existirán aunque oyeran a Dios asegurándoles que él no está allí. Las sinagogas no reciben el testimonio En tiempos de Jesús, y después, en los días de Pablo, las sinagogas no recibieron el testimonio acerca del Cristo. En Nazaret, los paisanos de Jesús quisieron despeñarle luego de oírle en la sinagoga (Lucas 4:16-30), y de seguro lo habrían hecho de no ser por la autoridad que el Señor ejerció en el momento crítico. En muchas ciudades de Israel y fuera de él, Pablo fue amenazado de linchamiento por las turbas judías encolerizadas a causa del testimonio que daba de la resurrección de Jesucristo. Para los judíos en días de Pablo, Jesús era sólo un galileo blasfemo que se hacía pasar por Hijo de Dios. En las sinagogas de hoy, Cristo es un ente histórico, ausente de la liturgia. Recordado, pero ausente. Su figura luce bien como objeto de veneración, siempre y cuando no estorbe la rutina ni rompa el protocolo. A Cristo se le conoce afuera En las sinagogas de ayer y de hoy, Cristo no es verdaderamente aceptado ni conocido. El ex ciego no tuvo un conocimiento real de su Sanador mientras estuvo dentro de la sinagoga. Recién le vino a conocer después que le echaron. Revisemos la escena. "Oyó Jesús que le habían expulsado; y hallándole, le dijo: ¿Crees tú en el Hijo de Dios? Respondió él y dijo: ¿Quién es, Señor, para que crea en él? Le dijo Jesús: Pues le has visto, y el que habla contigo, él es. Y él dijo: Creo, Señor; y le adoró." (9:35-38). Notemos algunos hechos importantes aquí. Cuando supo el Señor que el hombre había sido expulsado de la sinagoga (lo cual debe de haber afectado mucho al hombre), le buscó y le halló. Había estado dispuesto a alinearse con Jesús, a sabiendas del precio que tendría que pagar, así que el Señor le busca para confirmar su fe y revelarse a él. Él había declarado que Jesús había venido de Dios, así que Jesús se le revela como tal: como el Hijo de Dios. Jesús concedió al ex ciego un privilegio dado a muy pocos. Un privilegio que sólo otorgó a los desechados por la mano de los hombres, como la mujer samaritana (Juan 4:25-26). A ella se reveló como el Cristo; al ex ciego, como el Hijo de Dios. Estas dos revelaciones que hace Jesús de sí mismo contienen toda la verdad respecto a su persona (Mateo 16:16; Juan 20:31). Entonces, cuando el hombre que había sido ciego recibió este segundo milagro, esta revelación (que es un milagro mayor que el primero) cayó en tierra y le adoró. Él podía haber permanecido en pie ante "Aquel hombre que se llama Jesús", o ante el "profeta" Jesús, pero no ante Jesús, el Hijo de Dios. Esta escena termina con el ex ciego postrado, adorándole. Su postura final es simbólica de una vida consagrada a Cristo a causa de la grandeza de la gloria que le había sido mostrada. Conocer a Jesús no es asunto de acoger las Escrituras y estudiarlas. No consiste tampoco en ser un fiel y comprometido participante de una sinagoga. Conocer a Jesús como el Hijo de Dios es recibir de él mismo una revelación que traspasa el alma, rompe los moldes, y produce un derramamiento de nuestro espíritu delante de él, para siempre. 1 El término “sinagogas cristianas” alude a asambleas llamadas cristianas, con formalismo y tradición religiosa, pero sin la realidad de Cristo. 9 Sus ovejas oyen su voz (De pastores y asalariados) Juan 10 El capítulo 10 de Juan reviste una primordial importancia a la hora de asegurar el corazón en Dios. La Puerta Todo comienza con la puerta. La alegoría del rebaño y su pastor comienza con la puerta. Sólo entrando por ella se puede pertenecer al rebaño y ser considerado una oveja por el pastor. La puerta sirve para entrar, y también para salir. Pero en este caso, el énfasis se pone en el entrar. – El que por mí entrare, será salvo. Se sugiere claramente que hay otras formas de entrar. Se puede "subir por otra parte". En tal caso, el pastor no lo acogerá, sino lo considerará un delincuente. Sin duda, hay muchas otras formas de entrar en los ambientes cristianos aparte de la puerta. Aun más, después de haber entrado así, se puede permanecer y prosperar allí. Sin embargo, aunque se hayan burlado las restricciones de los hombres, no se burlarán del ojo avizor del único Pastor de las ovejas. Se puede "subir" al rebaño de muchas extrañas maneras. Por lazos familiares, por razones sociales, por convicción moral, o por temores diversos. Sin embargo, nada de esto, aunque sean buenas razones, justifica "subir por otra parte". Sólo Cristo es la puerta válida, el único lugar donde podemos encontrarnos con Dios y con los que aman a Dios. El ladrón ¿Qué diremos de los ladrones y salteadores? Estos no son de los que pretenden burlar al pastor y pasar por una oveja más; sino son los malvados que entran para robar ovejas, o para matarlas. Ellos son seguidores y discípulos del gran ladrón, que viene para "hurtar, matar y destruir". Las intenciones de éste son precisas y funestas. Nada bueno hay en él. Puede ser que "hurtar" sea todavía un delito menor; pero "matar" y "destruir" revisten la mayor gravedad. Muchos hombres yacen esquilmados por la obra de este ladrón, asesino y destructor. Muchos se han ido al infierno por su causa Pero el buen Pastor vino para dar vida y vida en abundancia. El juicio para el ladrón es claro y definitivo. Jesús, el buen Pastor, le venció en la cruz y decretó para él una sentencia de muerte Los secuaces que le siguen, recibirán también el justo pago –el severo pago– que se otorga a los ladrones y salteadores. El buen Pastor Es interesante notar que, en este capítulo, se habla del pastor y del buen Pastor. En los primeros versículos (2-4) se habla del pastor, y en otros posteriores (11,14-15) se habla del buen Pastor. Al pastor se le identifica porque: entra por la puerta; es reconocido por el portero; las ovejas reconocen su voz; él conoce sus nombres; y las saca y le siguen. El buen Pastor, en tanto, es el que conoce y es conocido por las ovejas, y, sobre todo, es el que da su vida por las ovejas. El pastor (de los primeros versículos) puede ser tomado como un modelo de los pastores terrenales; pero el buen Pastor es uno solo, y es celestial. El buen Pastor también hace lo que hace el pastor, pero va más allá. Lo que lo distingue es que da su vida por las ovejas. En Lucas 15 se dice que cuando el pastor pierde una oveja, deja las demás en el desierto y va tras la que se perdió hasta encontrarla. Esto también hace el buen Pastor. Él lo hizo al venir a buscarnos y salvarnos en la cruz, y lo sigue haciendo cuando nos salva cada día. En la tierra no hay pastores buenos; sólo hay pastores. El buen Pastor es sólo uno, y nos pastorea desde el cielo. También se le conoce como el "Príncipe de los pastores" (1ª Pedro 5:4). Él es quien tiene el mayor derecho sobre las ovejas. En realidad, es el único que tiene derechos sobre ellas. Algunos de estos derechos son: disponer de ellas, reclamar obediencia y ser seguido. Cuando el buen Pastor va adelante, debe ser seguido. Pero también cuando una oveja pequeña se extravía, él sale en su busca. Es tan grande, que debe ser seguido por todas, pero a la vez es tan tierno y compasivo, que va en busca de la pequeña que se ha perdido. El asalariado El asalariado llegó a estar a cargo de las ovejas, pero no pagó nada por ellas. Su afecto es el que ha surgido del compromiso laboral, y del contacto diario, pero no es el amor de quien da su vida por ellas. Cuando hay peligro, ese afecto es demasiado pequeño como para sobreponerse al temor del lobo, así que deja las ovejas y huye. El asalariado no espera que las ovejas estén bien cuidadas y alimentadas. Simplemente espera que llegue el día en que ha de recibir su paga. Si muere alguna de ellas, la pérdida deberá correr por cuenta del dueño, él dirá que no estuvo en su mano salvarla. El asalariado es negligente. Él no se preocupa demasiado de fortalecer a la oveja débil, ni de curar a la enferma. No venda a la perniquebrada, ni trae de vuelta al redil a la extraviada. El sólo es diligente a la hora de beber de la leche, y vestirse de su lana; sólo corre para degollar la engordada y comer de su grosura. De manera que hay una gran diferencia entre el pastor y el asalariado. El asalariado cuida las ovejas con el desgano del asalariado y disfruta de ellas como teniendo los derechos del pastor; en cambio, el pastor las cuida con abnegación de pastor y disfruta de ellas como si no tuviera ningún derecho. Pero hay más. Los pastos del asalariado están resecos; las aguas escasean. Las ovejas dan tenues voces lastimeras. El hambre y la sed les agobian el alma. Entonces el buen Pastor las oye, y su corazón se inflama de compasión. Acude presuroso, las toma en sus brazos, y se las lleva por esos montes deleitosos. El asalariado espera ser seguido por las ovejas, y desea comer de la grosura de ellas. Pero cuando las ovejas oyen la voz del buen Pastor, escapan de la mano de los asalariados para subir a sus brazos. Entonces, ellos se quedan rumiando su amargura y tramando su venganza. Ellos no quieren saber que sus derechos no pueden exceder a sus negligentes cuidados, que el buen Pastor es el único que da su vida por ellas, y que lleva a sus ovejas donde quiere. Ser o no ser Jesús les dijo a los judíos: – Vosotros no creéis, porque no sois de mis ovejas. Y añadió: – Mis ovejas oyen mi voz, y yo las conozco, y me siguen. Aquí hay dos grupos excluyentes: uno conformado por aquellos que no son de sus ovejas, y otro formado por sus ovejas. Los primeros son los que no creen; los segundos son los que oyen su voz. Para los primeros hay una sentencia lapidaria. Por eso los judíos, al sentirse identificados con esas ovejas, tomaron piedras para tirarle. Para los segundos, en tanto, hay la más completa seguridad. – ... Y no perecerán jamás, ni nadie las arrebatará de mi mano. Mi Padre que me las dio, es mayor que todos, y nadie las puede arrebatar de la mano de mi Padre. La condición de oveja de Jesús no se alcanza por haber tocado un resorte humano. No es por decisión de carne y sangre. Jesús dice: – Mi Padre que me las dio ... Sólo el Padre puede decidir si tú eres o no una oveja de Cristo. Para que tú llegaras a serlo, el Padre tuvo que haber pensado en ti y haber decidido a tu favor. Este es el privilegio más grande que puede tener un hombre sobre la tierra. Así que, hay sólo dos opciones: ser o no ser. ¿Cuál es tu realidad? ¿Eres o no eres una oveja de Cristo, el buen Pastor? Un rebaño y un pastor La meta de Dios es que todas las ovejas conformen un solo rebaño y tengan un solo Pastor. A la hora de decidir cuál ha de ser este pastor, no hay duda. Uno solo es el que dio su vida por las ovejas. Uno solo es el que tuvo el poder de poner su vida por ellas, para luego volverla a tomar. De manera que Cristo es el buen Pastor, y su iglesia es el único rebaño. Por supuesto, no se trata de un único rebaño formado por alianzas humanas. Dios no reconoce esos acuerdos. Se trata de la iglesia que él ganó por su sangre, de la iglesia que él edifica, del rebaño que él apacienta. ¿Cómo llegará a formarse este único rebaño? Cuando el pastor sale del aprisco, llama a cada una de las ovejas por su nombre, y las saca. Luego, cuando ha sacado fuera todas las propias, va delante de ellas; y las ovejas le siguen, porque conocen su voz. (10:3-4). El rebaño único está formado por aquellos que reconocen la única Voz digna de ser oída. Ellos se parecen en sólo esto: en que reconocen la voz del Pastor y le siguen. ¿Adónde? ¿Cómo? ¿Cuándo? El Pastor sabe adónde, cómo y cuándo. En estos días su voz se está oyendo por muchos lugares, en el mundo entero. Y sus ovejas están oyendo su voz y le están siguiendo. ¿Puedes tú oírle? Entonces, síguele. Y, de paso, conocerás a las demás ovejas. 10 Los amigos también tienen que morir (El "caso Lázaro") Juan 11 En este capítulo 11 de Juan está el relato de la muerte y resurrección de Lázaro. Esperamos que el Señor nos dé una nueva luz sobre este pasaje tan conocido, y que sea útil para los que desean servir al Señor. Un hogar en Betania Había en Betania un hogar especial. Un hogar donde el Señor encontraba descanso después de un día de camino agotador. Cuando llegaba allí, sus pies eran lavados, y su alma era refrescada. Era el hogar de Lázaro, y de sus hermanas María y Marta. Tal fue el afecto que el Señor tuvo por ellos, que les amó de una manera especial. El Señor llamaba a Lázaro su amigo (11:11). Tres veces se dice en Juan 11 que Jesús amaba a esta familia. Pues bien, pese a esto, hubo un día en que el sol se puso para ellos. Un día enviaron a Jesús un mensaje muy urgente: – Señor, he aquí el que amas está enfermo. Esta expresión "el que amas" no era una presunción. Era verdad: Jesús amaba a Lázaro. Sin embargo, el Señor reaccionó extrañamente a ese llamado. En vez de acudir a él, "se quedó dos días más en el lugar donde estaba". El Señor Jesús amaba a estos tres hermanos, pero cuando supo que Lázaro estaba enfermo no hizo lo que se esperaba que hiciese. Se esperaba que él se levantase y fuese rápido para impedir que Lázaro muriera. Sin embargo, hizo exactamente lo contrario: se quedó allí dos días más. En vez de tenderle la mano, le dejó caer. Este es pues, el asunto. Jesús amaba a Lázaro, pero no hizo nada para evitar que muriera. Tan sólo cuando se hubo cumplido el tiempo, es decir, cuando ya estuvo muerto, "vino, pues, Jesús, y halló que hacía ya cuatro días que Lázaro estaba en el sepulcro" (v.17) Lázaro hedía Cuando Jesús llegó, Marta fue a encontrarle, y le dijo: – Señor, si hubieses estado aquí, mi hermano no habría muerto. María, su hermana, le dice poco después casi lo mismo: – Señor, si hubieses estado aquí, no habría muerto mi hermano. Ellas tenían toda la razón. Siendo el Señor Jesús quien es, era imposible que donde él estuviese pudiese haber muerte. La muerte huía de él, porque él es la resurrección y la vida. Y cuando el Señor Jesús está en un ambiente, la muerte tiene que huir, y la vida fructifica, florece y se expande. Ellas estaban seguras de esto, porque conocían al Señor. Luego se acercaron al sepulcro, y el Señor dijo: – Quitad la piedra. Entonces Marta dijo: – Señor, hiede ya, porque es de cuatro días. Si Lázaro hedía, entonces significaba que estaba bien muerto. Una alegoría Lázaro nos representa a todos nosotros. Lázaro somos tú y yo. Después de haber recibido la visita del Señor en nuestra casa por algún tiempo; después de habernos sentado a la mesa con él y de haber gozado de su afecto y de su palabra, llega un momento en que el Señor se aleja de nosotros. Mejor dicho, nosotros lo alejamos. Es como lo que sucedió con aquella mujer sulamita en el libro de los Cantares. (cap.5:2-3). En un momento en que ella dormía, oyó que la voz de su amado la llamaba, y le decía: – Ábreme, hermana mía, amiga mía, paloma mía, perfecta mía, porque mi cabeza está llena de rocío, mis cabellos de las gotas de la noche. El Señor venía como siempre, amable, afectuoso, diciéndole dulces palabras, e invitándole a que le abriera. Sin embargo, ella le responde: – Me he desnudado de mi ropa; ¿cómo me he de vestir? Me he lavado mis pies; ¿cómo los he de ensuciar? Ella se ha acostumbrado tanto al Señor, y a sus afectos, que llega un momento en que lo menosprecia. Ella está cómoda en su cama, se ha lavado, y yace plácidamente recostada. Él, en cambio, viene con su calzado sucio, y cubierto con el rocío de la noche. Es una molestia pararse y abrir la puerta. Así también sucede con nosotros. Habiendo disfrutado de la amistad del Señor, de pronto nos envanecemos, y lleguemos a pensar que nosotros le hacemos un favor con servirle. Nos hemos afanado sólo en su obra, y nos ha ido tan bien en ello – aparentemente–, que nos parece que podemos seguir realizándola, sin necesitar de él. Llegamos a ser expertos, y podemos dictar conferencias sobre nuestros éxitos. Entonces, en éste que parece ser nuestro mejor momento, el Señor se aleja por algún tiempo, y entonces la obra, que es nuestra gloria, se comienza a marchitar, y nosotros nos empezamos a morir. El corazón –que es engañoso– no siempre reacciona para ir tras él, como lo hizo la sulamita. Entonces el desdén se transforma en una indiferencia tal, o en una porfía a seguir en nuestro camino, que nos lleva espiritualmente a la muerte. Entonces, el Señor se queda lejos dos días más. Hasta que nosotros, y todos los que nos rodean, sepan que hemos muerto. Llega la desesperanza Es posible que quienes están a nuestro alrededor desesperen. La esposa se da cuenta primero, y después los hijos. Ellos preguntan: – ¿Qué pasa contigo? Es que hay una gran insensibilidad, una dureza de corazón o una angustiosa incapacidad de salir del atolladero. El Señor está lejos. Pareciera que él se ha escondido, que su mirada está vuelta hacia otra parte. Entonces, la situación se vuelve dramática, la muerte nos rodea. Nos damos cuenta –un poco tarde– que sin él todo es tinieblas. Sin él, las fuerzas del mal se nos abalanzan y amenazan con tragarnos. Sin él no hay gozo, ni fe, ni esperanza. No hay limpieza de conciencia. Se ha secado en la garganta esa alabanza que fluía de nosotros mientras andábamos en la calle. Hay sequedad, esterilidad, desierto. Hay hastío y pesadumbre. Entonces los que nos ven en esa condición, le dicen al Señor: “Señor, las cosas han ido muy lejos”. Y añaden, con lágrimas: “Si tú hubieses estado aquí ... Si hubieses intervenido ... ¿Por qué no lo salvaste? ¡Señor, ha muerto!”. La mañana de la resurrección El relato de Juan 11 dice que, al ver el Señor a las hermanas llorando, él lloró también. Esto significa que él no se alegra con nuestra muerte y con el dolor de los que nos rodean. Él no se alegra con nuestro sufrimiento, más bien, se conduele con nosotros. El Señor lloró. El Señor sintió profundamente el dolor por su amigo Lázaro muerto. Sin embargo, él le había dejado morir. Pero tras la noche oscura del alma, tras el túnel de la muerte, hay una luz que resplandece. Más allá de los cuatro días hay una mañana de resurrección. Y llega el momento en que el sepulcro se estremece, en que el ángel de la muerte se aparta, y los demonios huyen. ¿Cuál es la causa? El Señor Jesús ha dicho, simplemente: – Lázaro, ven fuera. Cuando ya no había esperanza; cuando Marta había postergado la resurrección para el día postrero, y cuando todos ya habían llorado en sus funerales, el Señor sacó a Lázaro, atadas las manos, los pies con vendas, el rostro envuelto en un sudario. A Lázaro, y también a nosotros. A ti y a mí. Para un amigo de Jesús, la muerte no es el fin de todo. Siempre más allá de ella hay un mañana de resurrección. Los hombres temen la muerte, porque no ven nada más allá de ella. No tienen esperanza. Pero para los que aman a Jesús, la muerte es sólo el paso a una vida superior. Es recién el comienzo de todo. Los amigos también tienen que morir Juan 11:51-52 nos dice que Jesús tuvo que morir para salvar a la nación y para congregar en uno a los hijos de Dios que estaban dispersos. Jesús hizo lo que tenía que hacer. Él murió. Eso está muy claro. Ahora les corresponde a sus amigos hacer lo propio. Lázaro era un amigo del Señor. Pero no sólo él lo era. El Señor les dijo en otra oportunidad a todos sus discípulos: – Vosotros sois mis amigos ... Y eso nos lo dice también a nosotros. “Vosotros sois mis amigos”. Si tú eres su amigo, tienes que saber esto: “Los amigos también tienen que morir”. Tal vez tú digas: “Esto es absurdo. ¿Por qué tengo que morir?”. O: “Esto es para otros”. Mientras tú estás en el pináculo de la gloria, o en el monte de la transfiguración, podrías pensar que no es necesario que mueras. Sin embargo, Lázaro murió, y todos los demás amigos de Jesús también tienen que morir. Catalepsia Hay algo muy parecido a la muerte. Se llama catalepsia. ¿Qué significa? La catalepsia es la pérdida de la sensibilidad exterior y del movimiento, pero sin pérdida de conciencia. Una persona que está en estado de catalepsia está aparentemente muerta, pero razona. Es posible que en algún momento lleguemos a entender la doctrina acerca de nuestra muerte y la aceptemos. Es posible que estemos de acuerdo en que el Señor quiere que muramos. Y entonces hacemos arreglos para producir nuestra muerte, y – mejor– para que parezca realmente que morimos. Sin embargo, al Señor no lo podemos engañar. Él no permitirá que nos conformemos con un simple adormecimiento. Él se alejará de nosotros todo el tiempo necesario hasta que estemos bien muertos. ¿Cuánta revelación, cuánta vida, cuánta comunión está siendo impedida porque algunos de nosotros no estamos dispuestos a morir de verdad? Lázaro murió, y todos los amigos del Señor tienen que morir. Ser un simpatizante es fácil, porque él va, escucha y se vuelve. Y luego dice: – Estuvo linda la enseñanza. – Buena la predicación. – Fue hermosa la alabanza. Pero ser un amigo del Señor, es algo mucho más delicado, y también comprometedor. El Señor se quedó otros dos días más lejos de Betania, para que quedara muy claro que Lázaro no sufría de catalepsia. El mal olor de su cuerpo indicaba que no tenía catalepsia. Lázaro estaba realmente muerto. Los frutos del morir La muerte de Lázaro provocó uno de los hechos más prodigiosos del ministerio del Señor Jesús: la resurrección de Lázaro. Sin la muerte de Lázaro no podía haber resurrección. ¿Y qué pasó cuando Lázaro resucitó? "Entonces muchos de los judíos que habían venido para acompañar a María, y vieron lo que hizo Jesús, creyeron en él" (v.45). Si no dejamos morir a Lázaro, no habrá resurrección, y si no hay resurrección, no creerán los incrédulos que esperan ver proezas y milagros. Cuando Lázaro resucita por el poder de Dios, entonces la noticia se esparce y muchos llegan a ver. El versículo 51 dice que Jesús tenía que morir por la nación y también para congregar en uno a los hijos de Dios que estaban dispersos. Y él murió. En estos días, hay mucho pueblo de Dios que está disperso. Hay muchos que están extraviados, que se sienten lejos del redil. Otros están hambrientos y sedientos. Dios los quiere reunir. Si Lázaro se niega a morir, Dios no podrá usarlo para alcanzar a otros. Porque –usted debe saberlo– hay una obra que Dios está haciendo hoy: él está salvando a muchos, y está congregando a todos los dispersos en uno. Pero para realizar esta obra, tú, al igual que Lázaro, debes morir. Ellos no quieren morir Hay muchos por ahí comiendo algarrobas. Hay muchos que no conocen la Casa de Dios. Para reunirlos en uno, el Señor Jesús tuvo que morir. Y para que él los pueda reunir en uno hoy, sus amigos tienen que morir. Necesitamos romper las ligaduras de impiedad; necesitamos abrir camino, orar intensamente, por las mañanas y las noches. Pero hay hijos de Dios que aman el dormir. Ellos no quieren morir. Es preciso negar los apetitos de la carne, pero hay hijos de Dios que no quieren morir. Hay lazos de impiedad que no se rompen, porque el pueblo de Dios no ayuna. Hay ofensas que se reciben, hay pequeñas cosas que hacen que el corazón, o el alma se duela, hay rencores, hay rencillas. Pero los hijos de Dios no quieren morir. Hay pequeños sacrificios que hacer, pero los hijos de Dios no quieren morir. Por tanto, los dispersos seguirán dispersos, y los hambrientos seguirán hambrientos. Hay hijos de Dios que trabajan de sol a sol, porque tienen muchas cosas que comprar, y muchas deudas que pagar. Ellos no quieren restringirse. Ellos no quieren morir. Ellos viven para trabajar y para ganar mucho dinero. Aunque con la mitad tendrían lo suficiente para sus gastos y los de su familia, ellos sienten que necesitan ganar más. Tienen que mantener un estándar de vida, un cierto 'status'. Tienen que cambiar el auto y mejorar la vivienda. Ellos no quieren morir. Entonces, que los que están afuera, sigan congelados; que sigan muriendo de hambre. Que sigan estando con el estómago vacío. Que sigan dispersos los hijos de Dios, porque estos Lázaros no quieren morir. Amados: ¡Esto no es sólo una interpretación de Juan 11! Esto es un llamado al corazón del pueblo de Dios. A los amigos de Jesús. No es para los extraños: es para los amigos. Los Lázaros no quieren morir. Ellos se esfuerzan por aparentar que están bien, aun lejos del Señor. El Señor ya no da testimonio en sus corazones, ni respalda la obra de sus manos, pero ellos no quieren morir. Se aferran desesperadamente a su vida y a su gloria. Si esa es tu condición, amado hermano, debes saber que El Señor se va a quedar lejos dos días más, hasta que mueras. ¿Por qué? Porque tú eres su amigo, porque él te ama y porque quiere ocuparte. 11 El perfume (Anatomía de un derroche) Juan 12:1-5 El episodio de Betania, con Lázaro y sus hermanas de nuevo en torno a la mesa, y con Jesús como invitado de honor, tiene ribetes muy especiales. Aquí es María la que da muestras de la más fina sensibilidad espiritual. Igual que en aquella escena en que, sentada a sus pies, le oye hablar (Lucas 10:38-42), y en aquella otra cuando Lázaro ha muerto (Juan 11:32-35). Allí, los oficios de Marta quedaron opacados por el ejemplo de esta mujer que escogió "la buena parte"; acá, el gemido de María había tocado el corazón de Jesús, que se conmueve hasta las lágrimas. Pero ahora es el perfume. Es el nardo puro, de mucho precio, que derrama sobre los pies del Señor. Ahora es su perfume que llena de grato olor toda la casa. Un vaso quebrado Marcos nos refiere que María quebró el vaso de alabastro para derramarlo sobre Jesús. (Marcos 14:3). Esto de quebrar el vaso debe de tener un significado espiritual, o si no, no hubiera ocurrido así, o bien no se hubiese registrado. No hay razón para quebrar un vaso que podía haberse abierto. El vaso en las Escrituras es el cuerpo y también el alma, es decir, todo lo que conforma esencialmente nuestro "yo", nuestra compleja personalidad psicosomática. (Ver 2ª Corintios 4:7-10). Un vaso quebrado es, por tanto, un alma quebrantada, y ofrecida al Señor sobre su altar. El grato olor del nardo puro es, consecuentemente, el del espíritu humano liberado como producto del quebrantamiento anterior. Un poco antes, el Señor había profetizado: – El que cayere sobre esta piedra será quebrantado ... (Mateo 21:44). La piedra es Cristo, y el que cae sobre él es todo aquel que viene a él para ser su discípulo. Para un discípulo sólo hay esa opción, porque la otra que aparece en la segunda parte del mismo pasaje, es para los réprobos: – ... y sobre quien ella cayere, le desmenuzará. De manera que este es el camino obligatorio para quien desea servirle. O somos quebrantados ahora, o seremos desmenuzados después. Por supuesto, aquel sobre quien la Piedra cae, no sirve para nada. De manera que María nos ilustra aquí muy gráficamente el camino del servicio espiritual. El vaso quebrado es el alma derramada El vaso de alabastro es, entonces, el alma que se derrama a los pies del Señor. María no sólo ofreció su perfume; en ese perfume iba toda su alma derramada delante del Señor. ¿Hubo lágrimas? ¿Hubo sollozos? ¿Fue esta escena similar a esa otra en casa de Simón el fariseo (Lucas 7:36-50). ¿O las lágrimas de aquella mujer procedían de una indignidad que María no sentía? Si hubo lágrimas, no debieron de ser menos que las de aquélla. Si hubo gratitud allí, aquí debió de haber más, porque Lázaro, que había muerto, estaba sentado a la mesa con ellos ahora. La escena no nos ha sido descrita con todo su brillo, pero lo que está dicho basta para atraer nuestro corazón a los pies del Maestro. Los discípulos se oponen Primeramente fue Judas el que se opuso (Juan 12:4), luego fueron "algunos" discípulos (Marcos 14:4), y finalmente, fueron todos, quienes se opusieron a María en su acción (Mateo 26:8). Todos ellos esgrimieron la misma razón: que eso era un derroche; que el perfume podría haberse invertido mejor. Los pobres hubieran sido, en opinión de ellos, objetos más dignos de una inversión así. Lamentablemente, en ese momento no hubo nadie (aparte del Señor y María) que tuviese los ojos ungidos para ver espiritualmente las cosas. Hubiese sido muy digno para ellos si al menos uno hubiera dicho lo que el Señor tuvo que decir para explicar el sentido de las cosas. Nadie alzó la voz para vindicar al Señor en ese momento. Para todos ellos era un derroche, con lo cual menospreciaban hasta la ofensa a Aquel que estaba sentado con ellos. Cuando el Señor habla, él sale en defensa de la mujer; no de sí mismo. – ¿Por qué molestáis a esta mujer? – dice, como si no importara si él hubiese sido molestado. La oposición de los discípulos se ha seguido repitiendo cada vez que un alma se ofrece como una ofrenda valiosa a los pies del Señor. Entonces, todos sacan cuentas de cómo hubiese sido mejor invertirla. Y le dan una ubicación u otra, pero siempre referida a algo de la tierra. Tal vez una atractiva carrera, o un camino seguro hacia el éxito en las aulas universitarias. Pero no se suele tomar en cuenta sobre quién se está derramando el nardo puro. Perfume para la casa Junto con ser una ofrenda al Señor, el alma quebrantada es también un motivo de bendición para la Casa. Todos los que estaban presentes aquella noche de Betania pudieron comprobar cuán exquisito era el perfume, y cuán alto debía de ser su precio. (1) La casa cambió de olor; el ambiente se volvió refinado, si es que antes no lo era. Cristo estaba presente. Pero también había el grato olor del perfume de María. En la iglesia hoy, cada vez que ésta se reúne, Cristo está presente. Su presencia quita la muerte e introduce la vida. Pero cuando hay nardo derramado, también la iglesia lo sabe, porque ofrece el toque de excelencia, el ambiente digno a tan augusta Presencia. Si está Cristo en Betania, debe de haber alguna María que le dé el marco real a esa gloriosa escena. Si Cristo está en su iglesia (y sabemos que está), los vasos de nardo no pueden estar guardados como buscando una mejor ocasión, porque no la habrá. Dejarlo para más tarde, será una pérdida irreparable. El grato olor del perfume derramado sobre él debe inundar ya toda la casa. Los nardos de hoy En la casa de Dios hoy escasea el perfume de nardo puro. Si es que hay perfume, es un nardo aguado, o bien es un nardo "alternativo". Cuando hay alguna ofrenda, la ofrenda es mezquina. No se ofrecen las almas para él, sino que se ofrecen a una "causa", a una "obra", al "evangelio", todo lo cual es algo distinto de él mismo. La obra de Dios comienza por Cristo. Así que, más vale que los siervos se ofrezcan a él, o no se ofrezcan a nada. Empezar por otro lado es hacer una inversión pésima, que no glorificará al Señor, ni perfumará la casa. Ofrecerse a Cristo es algo demasiado etéreo para el alma carnal. En cambio, ofrecerse a una "causa" es algo claro, palpable, con metas claras y cronograma definido. Permítanos el Señor tener los ojos ungidos de María, para ofrecer nuestro nardo puro, de alto precio, en el momento justo y a quien corresponde. Completamente. Poniendo en ello toda el alma. Aunque los demás se opongan, y el diablo ruja. Para que su Nombre reciba gloria, y su casa esté perfumada, como es digno de él. 1 Trescientos denarios es más de un millón de pesos chilenos de hoy – unos mil quinientos dólares americanos. (Según los valores de julio del 2001). 12 El grano de trigo (La carne bajo sentencia) Juan 1:12-13; 3:5-6; 6:63; 12:24-25 Desde el primer capítulo de Juan se viene conformando sutilmente una enseñanza (un poco aquí, otro poco allá) que desemboca definitiva y claramente en las siguientes palabras de Jesús: – De cierto, de cierto os digo, que si el grano de trigo no cae en la tierra y muere, queda solo; pero si muere, lleva mucho fruto. El que ama su vida, la perderá; y el que aborrece su vida en este mundo, para vida eterna la guardará. (Juan 12:24-25). Con este dicho del Señor se hace la luz completa en un asunto de vital importancia para el cristiano. Sin embargo, para entenderlo bien tendremos que seguirle su curso desde el principio. Engendrado de Dios En Juan 1:12-13 dice que los hijos de Dios "no son engendrados de sangre, ni de voluntad de carne, ni de voluntad de varón, sino de Dios". Los términos "sangre", "carne", y "voluntad de varón" nos remiten a la esfera de lo terreno, de lo humano; en tanto la expresión "de Dios" nos levanta hacia las alturas de lo divino. La contraposición es evidente. En ella, lo terreno es puesto, según la valuación de Dios, en un lugar muy desventajoso. Nada de la tierra puede producir algo divino. Nada de "carne" o "sangre", o de "varón" puede generar algo espiritual. La carne y la sangre pueden engendrar hijos de carne y sangre, pero no pueden engendrar hijos de Dios. Asimismo, la voluntad del hombre (que es su punto fuerte) queda excluida de raíz. Nacido del Espíritu El Señor Jesús le dijo a Nicodemo, aquella noche de preguntas y respuestas en secreto: – Lo que es nacido de la carne, carne es; y lo que es nacido del Espíritu, espíritu es. Y también le dijo: – El que no naciere de agua y del Espíritu, no puede entrar en el reino de Dios. (Juan 3:5-6). En Juan 1:13 se habla de engendrar; aquí se habla de nacer. Allí Dios es el que engendra un hijo de Dios; aquí es el Espíritu el que hace nacer un nuevo hombre que pueda entrar en el reino. La carne y el espíritu siguen dos carriles diferentes, paralelos, que nunca se podrán encontrar. Lo que es nacido de la carne, carne es. Lo que es nacido del Espíritu, espíritu es. Espíritu y vida – El espíritu es el que da vida; la carne para nada aprovecha – dice el Señor en Juan 6:63. En Juan 3 se nos habla del carácter irreconciliable de los carriles de la carne y del espíritu; aquí se nos muestra qué es lo que hay al fin de cada uno de esos carriles. Al final del carril del espíritu está la vida; al final del de la carne está lo que no aprovecha. Eso que no aprovecha está aclarado por Pablo en dos lugares de sus epístolas. En Romanos 8:6 nos dice que es la muerte, y en Gálatas 6:8 nos dice que es la corrupción. Luego, el Señor completa la idea diciendo: – Las palabras que yo os he hablado son espíritu y son vida. Aquí se indica cuál es el fin que tiene el carril del espíritu: la vida. En Cristo todo es coherente. Desde principio a fin hay sólo una línea. Él no admite intromisión de la carne (con sus secuelas, la muerte y la corrupción); él se asocia con el espíritu y con la vida. Más estrictamente, sus palabras son (no sólo "contienen") espíritu y vida. El repertorio de la carne Toda vez que se habla de la carne y de sus manifestaciones acudimos a Gálatas capítulo 5, versículos 19 al 21. Esto está bien. Y de esa larga lista es muy claro que cosas como el adulterio, la fornicación, la inmundicia y la lascivia, las borracheras y las orgías, por ejemplo, al ser tan grotescas, son evidentemente carnales. Pero no siempre hay el mismo acuerdo para juzgar como tales otros pecados "menores", y que suelen admitirse casi como normales aun en medio del pueblo de Dios, tales como las enemistades, los pleitos, los celos, las iras, las contiendas, las disensiones (divisiones), las herejías (o sectas), y las envidias. Así, una primera cosa que hemos de considerar aquí son esas manifestaciones menos grotescas de la carne (tan cercanas a las debilidades, y como tales, casi excusables), y darles el nombre que realmente tienen. Hay cristianos que se han acostumbrado tanto a ellas, que aceptan convivir con ellas, adaptarse a ellas, y bromear acerca de ellas con el más absoluto desparpajo. Quienes hacen así no advierten el dolor que ellas causan en el corazón de Dios, ni el retraso que provocan en su obra, ni el descrédito en que sume a la preciosa fe ante los incrédulos. Los celos, las contiendas y las divisiones que Pablo atacó tan fuertemente en los corintios (1ª Corintios 3:3) suelen ser hoy asuntos banales y aceptados casi sin reproche. Esos males, tan sancionados por Pablo, son los mismos que hoy separan a los líderes cristianos y a los hijos de Dios en multitud de facciones. Cada facción es un signo claro de que en algún lugar y en alguna circunstancia determinada, hubo alguien (o algunos) que no quisieron morir, y que dejaron libre pasada a su carne. Que hubo alguien (o algunos) que admitieron en su corazón esos "pecados menores" de la carne como son las enemistades, los pleitos, las disensiones y las envidias. Las bondades de la carne Sin embargo, hay una manifestación de la carne que es todavía más sutil que la anterior. La carne no es sólo lo malo que describe Pablo en Gálatas 5. Hay mucho bueno en la carne, y que por serlo (al menos ante los ojos no ungidos espiritualmente) no es juzgado, ni menos aborrecido. Cuando Pedro, lleno de compasión por el Señor, quería evitar que su Maestro fuese a la cruz, manifestó, no un rasgo del espíritu, sino la bondad natural de su carne. (Mateo 16:22-23). La compasión y el deseo de sobrevivencia para su Amigo y Maestro no es una cosa reprobable a los ojos no ungidos, pero el Señor los dejó al descubierto: eran simplemente carne y, más aun, carne utilizada por el Maligno. La carne de Pedro –como todo lo que es de la carne– no ponía la mira en las cosas de Dios, sino en las de los hombres. Cuando Pedro, poco después, en el monte de la transfiguración, pide al Señor que autorice el que se hagan tres enramadas, también estaba discurriendo carnalmente. (Mateo 17:1-5). Por eso, el Padre lo interrumpe desde la nube para dar testimonio de su Hijo amado. La idea de Pedro no honraba al Señor, porque le ponía a la misma altura que sus siervos Moisés y Elías. Así que su buena intención es, de nuevo, contraproducente, y en vez de ayudar, molesta. Cuando los discípulos disputaban entre sí acerca de quién sería el mayor, no necesariamente tenían una mala intención. (Lucas 22:24-27). Simplemente querían reconocer un orden entre ellos para enfrentar mejor la obra futura. Querían establecer una especie de organigrama "para un mejor funcionamiento", lo cual en el mundo es una buena cosa. Sin embargo, espiritualmente, eso era reprobable. Así que el Señor les dijo cómo lo que se estilaba entre las naciones no era aplicable a ellos, y cuál era la diferencia entre el proceder de la carne y el del espíritu. Cuando los discípulos se durmieron en el Getsemaní, aquella noche terrible en que no pudieron velar junto a su Maestro, él les dio la explicación de su pesadez (Mateo 26:36-41). Les dijo: – Velad y orad, para que no entréis en tentación; el espíritu a la verdad está dispuesto, pero la carne es débil. La oración era de verdad una buena cosa que ellos podían y debían hacer junto a su Señor sufriente; sin embargo, ellos eran carnales todavía, y no podían hacerlo. Así, derivamos una conclusión importantísima para todo cristiano: que en el reino y en la obra de Dios, lo que la carne puede hacer, no sirve; y lo que sí sirve, ella no lo puede hacer. La carne y la obra de Dios Pese a lo anterior, en la realización de la obra de Dios suelen ocuparse muchas bondades de la carne, y suele echarse mano a muchos buenos recursos del mundo. En la predicación del evangelio, en el establecimiento de iglesias, en la formación y financiamiento de los "ministerios", en la edificación de los creyentes, es decir, en prácticamente todo, hay muchas estrategias carnales en acción. ¿Cómo podría Dios respaldar aquello que se originó en la carne? El espíritu y la carne son entidades irreconciliables, y los recursos de la carne no pueden producir ningún fruto espiritual. Si hay algún fruto en medio de toda esa profana parafernalia "cristiana" de hoy no es porque en ella se hayan invertido muchos recursos humanos, sino porque, en algún momento del 'show', el animador (o el cantante o el teleevangelista) dejó caer, como al pasar, alguna buena palabra de Dios en el corazón hambriento, que dio fruto para vida. Es la Palabra y sólo la Palabra la que es espíritu y vida. De lo demás, nada aprovecha, porque todo eso es carne y nada más que carne. Dios respalda su Palabra, y la Palabra que sale de su boca no vuelve vacía. De todos los ingredientes del 'show', es una porción minúscula y casi despreciable hoy lo que da fruto para gloria de Dios. ¡Cuánto mayor fruto habría si se invirtiesen los énfasis y las prioridades de Dios reemplazasen las nuestras! ¡Cuánto mayor fruto habría si nos despojásemos de las armas de Saúl, y tomásemos una honda y unas cuantas piedrecillas del arroyo para derribar los Goliats que se levantan en nuestros días! La verdad completa Al llegar a Juan 12:24-25 encontramos el desenlace de toda esta preciosa enseñanza que se va diseminando poco a poco a través del evangelio de Juan. Retomemos las verdades anteriores y veamos cómo se reúnen en este pasaje. Si la carne y la sangre no sirven para engendrar un hijo de Dios (1:13); si la carne no puede introducir a nadie en el reino de Dios (3:5-6); si la carne no aprovecha para nada (sólo trae muerte y corrupción) (6:63), entonces, la carne debe caer en tierra – como un grano de trigo– y morir. Eso es todo. El grano de trigo es –como se explica en el versículo 25– la vida "en este mundo". Es la vida humana, la vida del yo, con todos sus deseos y sus apetitos; pero no sólo con sus malos deseos y sus apetitos pecaminosos. Es la vida del alma con todas sus ideas, sus buenas intenciones, y su repertorio de bondades. Cuando esta vida va a la muerte, se turba el alma (Juan 12:27); se desconcierta y sufre, pero igualmente tiene que morir. La vida del alma (o de la carne) es parte tan íntima nuestra, que nos duele más que una espina arrancarla de nuestros afectos. Pero tenemos que hacerlo. Si no lo hacemos, nos quedaremos sin fruto. El espíritu, encerrado en las fortalezas de nuestra alma, no podrá salir para vivificar a otros. El grano de trigo se quedaría solo, y su muerte final no sería para nada provechosa. Moriría de viejo, pero no voluntariamente. Su muerte no traería gloria para Dios. Así que, lo que comenzó en Juan 1:13 como un asunto en que la vida de Dios engendraba vida en los hombres, concluye aquí (Juan 12:25) como un asunto en que el hombre muere para que la vida de Dios se manifieste. ¡Que el Señor nos ayude a aceptar nuestra muerte, para que cuando se nos turbe el alma, no volvamos atrás, sino sigamos hasta que el grano de trigo muerto se vea en muchos granos nuevos, para la gloria de Dios! CONTINUAR